COMUN DE PASTORES
 
 
 
 PRIMERAS LECTURAS FUERA DEL TIEMPO PASCUAL
 
I
Dios hablaba ya de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha
frente a él, para apartar su cólera del exterminio
Lectura del libro del Exodo 32, 7-14.
En aquellos días, dijo el Señor a Moisés:
— Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que
tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo
les había señalado. Se han hecho un toro de metal, se postran ante él,
le ofrecen sacrificios y proclaman: «Este es tu Dios, Israel, el que
te sacó de Egipto.»
Y el Señor añadió a Moisés:
—Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso dé­
jame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de
ti haré un gran pueblo.
Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios:
— ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que
tú sacaste de Egipto con grande poder y mano robusta? ¿Tendrán
que decir los egipcios: «Con mala intención los sacó para hacerlos
morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra»?
Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu
pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac, a quienes juraste
por ti mismo diciendo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las
estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a
vuestra descendencia para que la posea por siempre.»
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado
contra su pueblo.
II
El Señor es su heredad
Lectura del libro del Deuteronomio 10, 8-9.
Moisés habló al pueblo diciendo:
El Señor apartó a la tribu de Leví para que llevara el arca de la
alianza del Señor, estuviera en presencia del Señor, a su servicio,
y bendijera en su nombre, y así hacen todavía hoy.
Por eso el levita no recibe parte en la heredad de sus hermanos,
sino que el Señor es su heredad, como le dijo el Señor tu Dios.
III
Levántate y úngelo, porque éste es
Lectura del primer libro de Samuel 16, lb. 6-13a.
En aquellos días, dijo el Señor a Samuel:
— Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de
Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.
Cuando se presentó vio a Eliab y se dijo: «Sin duda está ante el
Señor su ungido.»
Pero el Señor dijo a Samuel:
— No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo le he
descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre,
pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.
Jesé llamó a Abinadab y lo hizo pasar ante Samuel; y Samuel
dijo:
— Tampoco a éste lo ha elegido el Señor.
Jesé hizo pasar a Sama; y Samuel dijo:
— Tampoco a éste lo ha elegido el Señor.
Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo:
—A ninguno de éstos ha elegido el Señor.
Preguntó, pues, Samuel a Jesé:
— ¿No quedan ya más muchachos?
El respondió:
—Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.
Dijo entonces Samuel a Jesé:
—Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya
venido.
Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa
presencia.
Dijo el Señor:
—Levántate y úngelo, porque éste es.
Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió en medio de sus
hermanos.
IV
¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?
Lectura del Profeta Isaías 6, 1-8.
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un
trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.
Y vi serafines en pie junto a él,
cada uno con seis alas:
con dos alas se cubrían el rostro,
con dos alas se cubrían el cuerpo,
con dos alas se cernían.
Y se gritaban uno a otro diciendo:
— ¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos,
la tierra está llena de su gloria!
Y temblaban las jambas de las puertas
al clamor de su voz,
y el templo estaba lleno de humo.
Yo dije:
—¡Ay de mí, estoy perdido!
Yo, hombre de labios impuros,
que habito en medio de un pueblo de labios impuros,
he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos.
Y voló hacia mí uno de los serafines,
con un ascua en la mano,
que había cogido del altar con unas tenazas;
la aplicó a mi boca y me dijo:
—Mira: esto ha tocado tus labios,
ha desaparecido tu culpa,
está perdonado tu pecado.
Entonces escuché la voz del Señor, que decía:
—¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?
Contesté:
—Aquí estoy, mándame.
V
(Para misioneros)
Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios
Lectura del Profeta Isaías 52, 7— 10.
¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que anuncia la paz,
que trae la buena nueva,
que pregona la victoria,
que dice a Sión: «Tu Dios es Rey»!
Escucha: tus vigías gritan,
cantan a coro,
porque ven cara a cara al Señor,
que vuelve a Sión.
Romped a cantar a coro,
ruinas de Jerusalén,
que el Señor consuela a su pueblo,
rescata a Jerusalén:
el Señor desnuda su santo brazo
a la vista de todas las naciones,
y verán los confines de la tierra
la victoria de nuestro Dios.
VI
El Señor me ha ungido y me ha enviado a evangelizar a los pobres
Lectura del Profeta Isaías 61, l-3a.
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren,
para vendar los corazones desgarrados,
para proclamar la amnistía a los cautivos)
y a los prisioneros, la libertad;—
para proclamar el año de gracia del Señor,
el día del desquite de nuestro Dios;
para consolar a los afligidos,
los afligidos de Sión.
VII
Adonde yo te envíe, irás
Lectura del Profeta Jeremías 1, 4-9.
Recibí esta palabra del Señor:
Antes de formarte en el vientre, te escogí,
antes de que salieras del seno materno, te consagré:
Te nombré profeta de los gentiles.
Yo repuse: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar,
que soy un muchacho.
El Señor me contestó:
No digas.«soy un muchacho»,
que adonde yo te envíe, irás,
y lo que yo te mande, lo dirás.
No les tengas miedo,
que yo estoy contigo para librarte.
——oráculo del Señor—.
El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo:
Mira: yo pongo mis palabras en tu boca.
VIII
Te he puesto de atalaya en la Casa de Israel
Lectura del Profeta Ezequiel 3, 16-21.
En aquellos días, me vino esta palabra del Señor:
—Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la Casa de Israel.
Cuando escuches una palabra de mi boca, les darás la alarma de mi
parte.
Si yo digo al malvado que es reo de muerte y tú no le das la
alarma —es decir, no hablas poniendo en guardia al malvado para
que cambie su mala conducta y conserve la vida—, entonces el
·malvado morirá por su culpa, y a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú pones en guardia al malvado y no se convierte de su
maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa,
pero tú habrás salvado la vida.
Y si el justo se aparta de su justicia y comete maldades, pondré
un tropiezo delante de él y morirá; por no haberle puesto en guardia,
él morirá por su pecado y no se tendrán en cuenta las obras justas
que hizo; pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Si tú, por el contrario, pones en guardia al justo para que no
peque, y, en efecto, no peca, ciertamente conservará la vida, por
haber estado alerta; y tú habrás salvado la vida.
IX
Como un pastor sigue el rastro de su rebaño, así seguiré yo el rastro de mis ovejas
Lectura del Profeta Ezequiel 34, 11-16.
Así dice el Señor Dios:
Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro.
Como un pastor sigue el rastro de su rebaño
cuando se encuentra las ovejas dispersas,
así seguiré yo el rastro de mis ovejas;
y las libraré,
sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron
el día de los nubarrones y de la oscuridad.
Las sacaré de entre los pueblos,
las congregaré de los países,
las traeré a la tierra,
las apacentaré por los montes de Israel,
por las cañadas y por los poblados del país.
Las apacentaré en pastizales escogidos,
tendrán sus dehesas en lo alto de los montes de Israel,
se recostarán en fértiles dehesas,
y pastarán pastos jugosos en la montaña de Israel.
Yo mismo apacentaré mis ovejas,
yo mismo las haré sestear —oráculo del Señor Dios—.
Buscaré las ovejas perdidas,
haré volver a las descarriadas,
vendaré a las heridas,
curaré a las enfermas;
a las gordas y fuertes las guardaré,
y las apacentaré debidamente.
 
 PRIMERAS LECTURAS EN TIEMPO PASCUAL
 
I
(Pata misioneros)
Sabed que nos dedicamos a los gentiles
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13, 46-49.
En aquellos días, Pablo y Bernabé dij eron a los judíos:
—Teníamos que anunciaros primero a vosotros la Palabra
de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la
vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha
mandado el Señor: «Yo te haré luz de los gentiles, para que seas
la salvación hasta el extremo de la tierra.»
Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alaba—
ban la Palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida
eterna, creyeron.
La Palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región.
II
Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado
guardar, como pastores de la Iglesia de Dios
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 20, 17-18a. 28-32. 36.
En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los pres­
bíteros de la iglesia de Efeso. Cuando se presentaron les dijo:
—Tened ciudado de vosotros y del rebaño que el Espíritu
Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de
Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.
Ya sé que cuando os dej e se meterán entre vosotros lobos fe—
roces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vos­
otros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso
estad alerta: acordaos que durante tres años, de día y de noche, no
he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en par­
ticular. Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra, que es
gracia y tiene poder para construiros y daros parte en la herencia
de los santos.
Cuando terminó de hablar se pusieron todos de rodillas y
Pablo rezó.
III
(Para misioneros)
El Mesías anunciaría el amanecer a su pueblo y a los gentiles
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 26, 19-23.
En aquellos días, Pablo dijo:
—Yo, rey Agripa, no he sido desobediente a la visión del
cielo. He predicado primero a los judíos de Damasco, luego a los de
Jerusalén y de toda Judea y por último a los gentiles: que se arre­
pientan y se conviertan a Dios, portándose como corresponde a su
conversión. Por este motivo me prendieron los judíos en el templo y
trataron de matarme; pero con la ayuda de Dios, he seguido hasta
hoy dando testimonio a nobles y plebeyos. No añado nada a lo que
anunciaron Moisés y los profetas: que el Mesías tenía que padecer
y que al resucitar el primero de entre los muertos anunciaría el
amanecer a su pueblo y a los gentiles.
 
 SALMOS RESPONSORIALES
 
I
Sal 15, 1-2a y 5. 7-8. 11
El Señor es el lote de mi heredad.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa.
Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Me enseñarás el sendero de la vida;
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.
II
Sal 22, l-3a. 3b-4. 5. 6
El Señor es mi pastor,
nada me falta.
El Señor es mi pastor,
nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
rne conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
III
Sal 88, 2-3. 4-5. 21-22. 25 y 27
Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»
—Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»
Encontré a David mi siervo
y lo he ungido con óleo sagrado,
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
El me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»
IV
Sal 95, 1-2a. 2b-3. 7-8a. 10
Contad a todos los pueblos
las maravillas del Señor.
Cantad al Señor un cántico nuevo;
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria.
Proclamad día tras día su victoria;
contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
Familias de los pueblos, aclamad al Señor;
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey;
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente.»
V
Sal 109, l. 2. 3. 4
Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.
Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.
Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»
El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»
VI
Sal 11 6, l. 2
Id al mundo entero
y proclamad el Evangelio
o
Aleluya.
Alabad al Señor todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
 
 SEGUNDAS LECTURAS
 
I
Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 12, 3-13.
Hermanos:
Por la gracia de Dios que me ha sido dada os digo a todos y a
cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que conviene,
sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios
otorgó a cada uno. Pues así como nuestro cuerpo, en su unidad,
posee muchos miembros y no desempeñan todos los miembros la
misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo
en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros.
Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se
nos ha dado, y se han de ejercer así:
si es la predicación, teniendo en cuenta a los creyentes;
si es el servicio, dedicándose a servir;
el que enseña, aplicándose a enseñar;
el que exhorta, a exhortar;
el que se encarga de la distribución, hágalo con sencillez;
el que preside, con empeño;
el que reparte la limosna, con agrado.
Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y
apegaos a lo bueno.
Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, esti­
mando a los demás más que a uno mismo.
En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos
ardientes.
Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga
alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración.
Contribuid en las necesidades del Pueblo de Dios; practicad
la hospitalidad.
II
(Para misioneros)
Quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los creyentes
Lecturas de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1, 18-25.
Hermanos:
El mensaje de la cruz es necedad
para los que están en vías de perdición;
pero para los que están en vías de salvación
—para nosotros— es fuerza de Dios.
Dice la Escritura:
«Destruiré la sabiduría de los sabios,
frustraré la sagacidad de los sagaces.)>
¿Dónde está el sabio?
¿Dónde está el letrado?
¿Dónde está el sof ista de nuestros tiempos?
¿No ha convertido Dios en necedad
la sabiduría del mundo?
Y como en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el
camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la
predicación,
para salvar a los creyentes.
Porque los judíos exigen signos,
los griegos buscan sabiduría;
pero nosotros predicamos a Cristo crucificado:
escándalo para los judíos,
necedad para los griegos;
pero para los llamados a Cristo —judíos o griegos—:
fuerza de Dios
y sabiduría de Dios.
Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres;
y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
III
Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 4, 1-5.
Hermanos:
Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y admi­
nistradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador
lo que se busca es que sea fiel. Para mí lo de menos es que me
pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me
pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero
tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguéi s antes de tiempo, dejad que venga el
Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al
descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá
de Dios lo que merece.
IV
¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23.
Hermanos:
El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No
tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.
Pero si lo hago a pesar mío es que me han encargado este oficio.
Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evan­
gelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la
predicación de esta Buena Noticia.
Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos
para ganar a todos.
Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles;
me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también
de sus bienes.
V
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 3, 1-6a.
Hermanos:
¿Necesitamos presentaros o pediros cartas de recomendación?
Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, cono­
cida y leída por todos los hombres. Sois una carta de Cristo, re­
dactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el
Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, · sino en las tablas
de carne del corazón.
Esta confianza con Dios la tenemos por Cristo.
No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apun­
tarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene
de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza
nueva.
VI
Predicamos que Cristo es Señor, y nosotros, siervos vuestros por Jesús
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 4, 1-2. 5-7.
Hermanos:
Encargados de este servicio por la misericordia de Dios, no nos
acobardamos; al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad
vergonzante, dejándonos de intrigas y no adulterando la Palabra
de Dios; en vez de eso, mostrando nuestra sinceridad, nos recomen­
damos delante de Dios a la conciencia de todo hombre.
Porque no nos predicamos a nosotros, predicamos que Cristo
es Señor, y nosotros, siervos vuestros por Jesús.
El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla)> ha brillado
en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a
conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo.
Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que
una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
VII
Nos encargó el servicio de reconciliar
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 14-20.
Hermanos:
Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió
por todos, todos murieron.
Cristo murió por todos, para que los que viven ya no v1van
para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos.
Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora
ya no.
El que es de Cristo, es una criatura nueva.
Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
Todo esto viene de Dios,
que por medio de Cristo nos reconcilió consigo
y nos encargó el servicio de reconciliar.
Es decir, Dios mismo estaba en Cristo
reconciliando al mundo consigo,
sin pedirle cuentas de sus pecados,
y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo,
y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio.
En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
VIII
Cada uno hemos recibido la gracia en función de su ministerio y
para la edificación del cuerpo de Cristo
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 4, 1-7. 11-13.
Hermanos:
Yo, el prisionero por Cristo, os ruego que andéis como pide
la vocación a la que habéis sido convocados.
Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos;
sobrellevaos mutuamente con amor;
esforzaos en mantener la unidad del Espíritu,
con el vínculo de la paz.
Un solo cuerpo y un solo Espíritu,
como una sola es la meta de la esperanza
en la vocación a la que habéis sido convocados.
Un Señor, una fe, un bautismo.
Un Dios, Padre de todo,
que lo trasciende todo,
y lo penetra todo,
.y lo invade todo.
Pero cada uno hemos recibido la gracia
en la medida en que Cristo nos la ha dado.
Cristo ha constituido a unos, apóstoles;
a otros, profetas;
a otros, evangelistas;
a otros, pastores y doctores,
para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio,
y para la edificación del cuerpo de Cristo;
hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conoci­
miento del Hijo de Dios, al HoJ.?.1bre perfecto, a la medida de
Cristo en su plenitud.
IX
Dios me ha nombrado ministro de la Iglesia
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 1, 24-29.
Hermanos:
Me alegro de sufrir por vosotros:
así completo en mi carne los dolores de Cristo,
sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia.
Dios me ha nombrado ministro de la Iglesia,
asignándome la tarea de anunciaros a vosotros
su mensaj e completo:
el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones
y que ahora ha revelado a su pueblo santo.
Dios ha querido dar a conocer a los suyos
la gloria y riqueza que este misterio
encierra para los gentiles:
es decir, que Cristo es para. vosotros
la esperanza de la gloria.—
Nosotros anunciamos a ese Cristo;
amonestamos a todos, enseñamos a todos,
con todos los recursos de la sabiduría,
para que todos lleguen a la madurez
en su vida cristiana:
esta es mi tarea,
en la que lucho denodadamente
con la fuerza poderosa que él me da.
X
Deseábamos entregaros no sólo el Evangelio, sino hasta nuestras propias personas
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 2, 2b-8.
Hermanos:
Tuvimos valor —apoyados en nuestro Dios— para predicaras
el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposición. Nuestra exhor­
tación no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños,
sino que Dios nos ha probado y nos ha confiado el Evangelio, y así
lo predicamos no para contentar a los hombres, sino a Dios, que
prueba nuestras intenciones.
Como bien sabéis, nunca hemos tenido palabras de adulación ni
codicia disimulada. Dios es testigo. No pretendimos honor de los
hombres, ni de vosotros, ni de los demás, aunque, como apóstoles de
Cristo, podíamos haberos hablado autoritariamente; por el con­
trario, os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus
hijos.
Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el
Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os
habíais ganado nuestro amor.
XI
Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1, 13-14; 2, 1-3.
Querido hermano:
Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas
y vive con fe y amor cristiano.
Guarda este tesoro
con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.
Saca fuerzas de la gracia de Cristo Jesús,
y lo que me oíste decir, garantizado por muchos testigos,
confíalo a hombres fieles,
capaces a su vez de enseñar a otros.
Toma parte en los trabajos como buen soldado de Cristo Jesús.
XII
Cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu servicio
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4, 1-5.
Querido hermano:
Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos,
te conjuro por su venida en majestad:
Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo,
reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.
Porque vendrá un tiempo en que la gente no soportará la doctrina
sana,
sino que, para halagarse el oído,
se rodearán de maestros a la medida de sus deseos;
y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas.
Tú es tate siempre alerta: soporta lo adverso,
cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu servicio.
XIII
Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 5, 1-4.
Queridos hermanos:
A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos,
testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria
que va a manifestarse, os exhorto:
Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gober—
nándolo
no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere;
no por sórdida ganancia, sino con generosidad;
no como déspotas sobre la heredad de Dios;
sino convirtiéndoos en modelos del rebaño.
Y cuando aparezca el Supremo Pastor,
recibiréis la corona de gloria que no se marchita.
 
 ALELUYAS Y VERSÍCULOS
 
I
Mt 28, 19-20
Id y haced discípulos de todos los pueblos,
dice el Señor;
yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo.
II
Mc 1, 17
Venid conmigo, dice el Señor,
y os haré pescadores de hombres.
III
Lc 4, 18-19
El Señor me ha enviado a dar la Buena Noticia,
a proclamar la liberación a los cautivos.
IV
Jn 10, 14
Yo soy el buen Pastor, dice el Señor,
que conozco a mis ovejas y las mías me conocen.
V
Jn 15, 15b
A vosotros os llamo amigos, dice el Señor,
porque todo lo que he oído a mi Padre
os lo he dado a conocer.
VI
2Cor 5, 19
Dios mismo estaba en Cristo
reconciliando al mundo consigo,
y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación.
 
 EVANGELIOS
 
I
(Para un papa)
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia
+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 16, 13-19.
En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y
preguntaba a sus discípulos:
— ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?
Ellos contestaron:
— Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías
o uno de los profetas.
El les preguntó:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
—Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
— ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha
revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.
Ahora te digo yo:
—Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del Reino de los Cielos;
lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo,
y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.
II
El primero entre vosotros será vuestro servidor
+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 23, 8-12.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Vosotros no os dejéis llam.ar maestro, porque uno sólo es vuestro
maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo
es vuestro padre, el del cielo.
No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor,
Cristo.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla sera
enaltecido.
III
(Para misioneros)
Id y haced discípulos de todos los pueblos
+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 28, 16-20.
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea,
al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
— Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñán­
doles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin
del mundo.
IV
Os haré pescadores de hombres
+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 1, 14-20.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a procla­
mar el Evangelio de Dios. Decía:
— Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Con­
vertíos y creed la Buena Noticia.
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano
Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo:
—Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.
Inmediatamente dej aron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su
hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los
llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y
se marcharon con él.
V
(Para misioneros)
Id al mundo entero y proclamad el Evangelio
+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 16, 15-20.
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once, y les dijo:
— Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la
creación.
El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer,
será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demo­
nios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes
en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño.
Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.
El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se
sentó a la derecha de Dios.
Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el
Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos
que los acompañaban.
VI
(Para misioneros)
Por tu palabra echaré las redes
+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 5, 1-11.
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír
la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio
dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían
desembarcado y estaban lavando las redes.
Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara
un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
—Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
Simón contestó:
—Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos
cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande,
que reventaba la red.Hicieron señas a los socios de la otra barca,
para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron
las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se
arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
—Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban
con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les
pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros
de Simón.
Jesús dijo a Simón:
—No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
VII
La mies es abundante y los obreros pocos
+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 10, 1-9.
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó
por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde
pensaba ir él. Y les decía:
—La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño
de la mies que mande obreros a sus mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en
medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os
detengáis a saludar a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y
si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no,
volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan:
porque el obrero merece su salario.
No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben
bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y
decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios.»
VIII
Yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí
+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 22, 24-30.
En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a disputar sobre
quién de ellos debía ser tenido como el primero.
Jesús les dijo:
— Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la
autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así,
sino que el primero entre vosotros pórtese como el n1enor, y el que
gobierne, como el que sirve.
Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?
¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vos­
otros, como el que sirve.
Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis prue­
bas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a
mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en
tronos para regir a las doce tribus de Israel.
IX
+ Lectura del santo Evangel io según San Juan 10, 11-16.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
— Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las
ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve
venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago
y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me
conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre;
yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también
a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo
rebaño, un solo Pastor.
X
Ya no os llamo siervos; a vosotros os llamo amigos
+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 15, 9-17.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced
en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor;
lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y
permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros,
y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo
os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus
amigos.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace
su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído
a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os
he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro
fruto dure.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé.
Esto os mando: que os ame1s unos a otros.
XI
(Para un papa)
Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas
+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 21, 15-17.
Después de aparecerse Jesús a sus discípulos y de comer con
ellos, dijo a Simón Pedro:
— Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
El le contestó:
— Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunta:
— Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
El le contesta:
— Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
El le dice:
— Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
— Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo
quería y le contestó:
— Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis ovejas.