Pastoral del Canto Liturgico

DOMINGO 6 DEL TIEMPO ORDINARIO

- I -

Los “nuevos mandamientos” de Jesús

En la escuela de Jesús, que vamos siguiendo domingo tras domingo, aprendemos cuál es la mentalidad del Maestro que nos ha enviado Dios, comparada con la del AT y la de las escuelas rabínicas del tiempo de Jesús. Siguiendo el "sermón de la montaña", vemos cómo Jesús supera la Ley antigua, en una línea de mayor profundización y autenticidad.

El se refiere a unos ejemplos concretos de la vida, algunos de los cuales seguiremos leyendo el domingo que viene: a) El "no matarás", que él completa con la prohibición del rencor o del insulto, llegando a decir que nos reconciliemos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar, o que nos pongamos de acuerdo con el adversario sin llegar a presentarnos juicio ante los tribunales, b) La fidelidad conyugal: desautorizando el adulterio que se comete ya en la interioridad del corazón, y también el divorcio, o el libelo de repudio. De tal modo que estemos dispuestos a privarnos del ojo o de la mano para no caer en la tentación, c) La doctrina sobre los juramentos. Jesús dice que es mucho mejor no jurar en absoluto, sino basarse siempre en la veracidad: el sí y el no de un seguidor suyo deben ser creíbles.

Sirácida (Eclesiástico) 15,16-21. No mandó pecar al hombre

La primera lectura, como siempre, prepara la página evangélica.

Según el Sirácida (el libro escrito por Ben Sirá, el hijo de Sirá, libro llamado también Eclesiástico), cada uno es libre y debe tomar sus decisiones en la vida: "Si quieres, guardarás los mandamientos del Señor. Tienes delante una opción: puedes escoger entre el fuego y el agua, entre la muerte y la vida".

Pero la verdadera prudencia es seguir la voluntad del Señor. El auténtico sabio es Dios, que lo ve todo: "los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre". El que sigue sus mandamientos va aprendiendo también esa sabiduría.

El salmo insiste en la misma dirección: "dichosos los que caminan en la voluntad del Señor". El justo tiene que seguir ese camino que le enseña Dios: "ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas", "enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón".

1 Corintios 2, 6-10. Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria

Sigue Pablo, en su carta a los cristianos de Corinto, con el tema de la sabiduría, comparando la humana y la divina. Los griegos eran famosos por su filosofía, por su sabiduría humana. Pero Pablo prefiere apoyarse en la de Dios, esa sabiduría misteriosa de Dios: "ni el ojo vio ni el oído oyó lo que Dios ha preparado a los que lo aman". Sólo el Espíritu nos revela esa sabiduría, ese Espíritu "que todo lo penetra".

Mateo 5,17-37. Se dijo a los antiguos, pero yo os digo

Seguimos leyendo el sermón de la montaña. El pasaje de hoy reúne una serie de enseñanzas de Jesús sobre la relación de los cristianos con el AT.

Ante todo, dice que él no ha venido a abolir (literalmente, a demoler, a destruir) la Ley, sino a cumplirla, a llevarla a su plenitud. Lo que dice el AT sigue válido. No hay que despreciar ni uno solo de sus mandamientos, ni una sola letra o tilde (en el original debía ser el "yod", la letra más pequeña del alfabeto hebreo). Recientemente se está hablando, más que del "antiguo" Testamento, del "primer" Testamento, o de la "nunca derogada primera Alianza", como la ha llamado Juan Pablo II.

La interpretación que Jesús hace de una serie de mandatos del AT, ciertamente en una línea mucho más profunda que la de los escribas y fariseos, va hacia la interiorización y la autenticidad más plena. Y los ejemplos que pone, como hemos dicho, son referentes al respeto a la vida de los demás, a la fidelidad conyugal y a la no necesidad de los juramentos.

- II -

La sabiduría humana y la divina

El salmo 118 es una larga reflexión, orada, sobre lo que tiene que hacer el justo en su vida. En cada estrofa aparece un término sinónimo de la "voluntad de Dios" (mandatos, preceptos, decretos, palabras, leyes, consignas). El que cumple la voluntad de Dios es el que elige la verdadera sabiduría.

Las dificultades que nos rodean -las tentaciones de este mundo y las interiores a nosotros mismos- no nos quitan normalmente la libertad y la responsabilidad: "si quieres, guardarás los mandatos del Señor" dice el libro del AT. Si queremos, podemos. Dice el sabio Sirácida que podemos elegir entre el fuego y agua. La ley bien entendida no es esclavitud. Puede ser signo de amor y de libertad interior. No cumplimos la voluntad de Dios por miedo, sino por amor. Ese amor nos hace libres, nos libera de nuestras ataduras internas.

No parece muy apetecible para este mundo la sabiduría de las bienaventuranzas. Tampoco la de las consignas que hoy da Jesús a sus seguidores, ni en cuanto a la caridad fraterna ni menos en cuanto al comportamiento en la vida sexual. Pero ese es el camino de la verdadera felicidad para el cristiano.

Tendríamos que hacer nuestro el salmo de hoy: "dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor... muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y lo seguiré puntualmente".

Yo os digo...

Jesús utiliza en su enseñanza un género didáctico muy expresivo: el de las antítesis. Al "se os dijo" contrapone él ahora, y con autoridad, el "yo os digo". A veces no es de oposición a lo anterior, sino de perfeccionamiento e interiorización de lo que ya estaba en la Ley o se enseñaba en las escuelas rabínicas de la época, o en el Qumran. Si la página de las bienaventuranzas era sorprendente, también lo es la que leemos hoy. En ella vemos que Jesús es un Maestro exigente, que ser cristiano es algo más que estar bautizado o decir unas oraciones.

El primer ámbito que Jesús nombra es el de la caridad con el hermano. El "no matarás" se convierte para los seguidores de Jesús en algo más exigente. No se puede estar peleado y guardar rencor al hermano. No se le puede insultar. Las situaciones de ira y de ofensa grave son, según Jesús, igualmente merecedoras de castigo como el homicidio.

Añade dos incisos muy expresivos. Si uno está enemistado con el hermano, es inútil que venga a ofrecer sacrificios al altar. Antes, tendrá que ir a reconciliarse con su hermano y así será grata su ofrenda a Dios. Y si uno tiene un pleito con su hermano, más vale que haga las paces, hablando con él, sin llegar al juicio ante los tribunales.

La fidelidad matrimonial

A continuación, Jesús enseña, no sólo que no hay que cometer adulterio, cosa que estaba ya prohibida y castigada en la Ley, sino que hay que vigilar el corazón, para que no se cometan adulterios de intención: "yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior". Para Jesús el matrimonio es un compromiso serio, y no sólo cuenta el acto externo, sino también la interioridad de la intención. Se puede cometer adulterio ya en el corazón.

De modo que si el ojo o la mano nos sirven de "escándalo", o de piedra de tropiezo, debemos tomar las medidas para que no nos hagan caer. Si el corazón es la raíz de todo, hay que vigilarlo. Se puede decir que el ojo y la mano son como los instrumentos con los que realizamos las intenciones del corazón. En este terreno de la sexualidad y en el de la avaricia y la justicia, el "ojo" nos lleva a apetecer lo que no es nuestro.

Jesús llega a decir que, si el ojo y la mano son ocasión de "escándalo", de tropiezo, si nos van a hacer caer en la tentación, un cristiano debe estar dispuesto a una operación drástica. Naturalmente no hay que tomar estas palabras en su sentido literal. Pero así como un médico, en casos extremos, llega a recomendar la amputación de un miembro que amenaza la salud de todo el cuerpo, un cristiano debería saber someterse él mismo a una "cirugía espiritual", a ir a la raíz de las cosas, y renunciar a cosas que le apetecerían, para poder conservar su vida espiritual. Para ser buenos cristianos en el mundo de hoy -y en el de todas las épocas- hay que estar dispuestos a ciertas renuncias valientes.

También desautoriza el repudio de la mujer por parte del marido, o el divorcio. Aquí adelanta ya Jesús la doctrina que repetirá más adelante en el mismo evangelio (Mt 19,3-10) respecto al divorcio. Para él, el divorcio es la antesala del adulterio, tanto por parte de la mujer como del hombre. Sólo autoriza este divorcio en casos que es difícil determinar cuáles son, porque la traducción de la "porneia" griega puede variar mucho: unos lo refieren a casos en que la mujer ha cometido adulterio, pero seguramente se refiere a uniones ilegales, como el concubinato o la prostitución o la unión incestuosa (en grados de parentesco que no sólo la ley judía prohibía sino también la romana). Algo parecido al caso del incestuoso de Corinto (1Co 5) o de la unión ilegítima de Herodes y Herodías que denunció el Bautista. En estos casos sí se puede, y se debe, llegar a la separación.

No juréis

Respecto a los juramentos, ya existía una tendencia a evitarlos al máximo, a no acostumbrarse a ellos en nuestra vida. Pero Jesús es más radical: "yo os digo: no juréis en absoluto", de modo que "os baste decir sí o no".

No sólo desautoriza el perjurio, o sea, el jurar en falso. Prefiere que no se tenga que jurar nunca, que la verdad brille por sí sola. Que la norma del cristiano sea el "sí" y el "no", con transparencia y verdad. Es una invitación a la verdad, a la veracidad en nuestro trato con los demás. Nuestro "sí" y nuestro "no" deberían ser tan creíbles que no hiciera falta ningún juramento. Que no necesitemos añadir "te lo juro" para que nos crean.

Nuestro punto de referencia: Cristo, el Maestro

Es bueno que la comunidad cristiana escuche hoy, en todo el mundo, la doctrina de Jesús sobre estos aspectos de la vida. Una de las características de nuestro tiempo es tal vez la pérdida de la "conciencia moral", sobre temas tan candentes como la solidaridad fraterna, la justicia social, la moral sexual y la manipulación de la verdad.

Sería poco seriamente motivada nuestra conducta moral si sólo se basara en estadísticas sociales, que en el fondo son modas ideológicas, que normalmente se basan en lo que gusta, lo que hace la mayoría, o en un cierto consenso de la sociedad, que suele situar el "listón" ciertamente muy bajo. El criterio, para los cristianos, no es lo que hacen los demás, o lo que está o no penalizado por la ley vigente, sino en lo que nos ha enseñado Cristo Jesús, que nos invita a ir a la raíz de nuestras acciones.

No sólo nos conformamos con no matar, porque hay otras maneras de matar al hermano, sin sacar la pistola o el cuchillo: no podemos estar peleados con él ni guardarle rencor. No evitamos sólo el adulterio de hecho, sino tampoco consentimos en deseos y concupiscencias que están ampliamente fomentadas por nuestra sociedad. No sólo evitamos los juramentos falsos, sino incluso los lícitos, mientras que fomentamos en nosotros y en torno a nosotros la defensa de la verdad, sin manipularla ni dejarnos manipular con las medias verdades o las falsedades.

Tal vez no sea el caso de desarrollar exhaustivamente cada uno de estos temas, pero sí de hacer ver la exigencia de Cristo, el Maestro que nos ha enviado Dios, que quiere una mayor interiorización de nuestras actitudes en la vida.

Eucaristía y amor fraterno

Puede parecemos extraño que Jesús, al comparar la caridad fraterna y la liturgia, o la ofrenda cúltica de unas ofrendas, dé preferencia a la reconciliación con el hermano.

Nos viene bien recordar esto. Porque pudiera ser que en la Eucaristía viéramos sólo la parte "vertical", nuestra unión con Cristo. Pero también tiene una dirección "horizontal" que le es connatural, la unión con el hermano.

Antes de ir a comulgar con Cristo, hay unas palabras y unos gestos que nos recuerdan una y otra vez que la Eucaristía nos debe hacer crecer también en el amor al hermano. En el Padrenuestro le decimos a Dios que nos perdone como nosotros perdonamos. En el gesto de paz mostramos nuestra voluntad de mejorar en fraternidad también fuera de la celebración. El partir el pan y beber del mismo cáliz nos recuerdan que compartimos al mismo Cristo con nuestros hermanos.