PABLO VI
LA MUSICA Y EL CANTO AL SERVICIO DEL CULTO DIVINO
A la Asociación de Santa Cecilia (1968)
Queridos hijos:
Gustosamente os dirigimos nuestra palabra; y lo hacemos agradeciéndoos y alabándoos por las perfectas disposiciones de ánimo con que queréis escucharla. Nuestra palabra brota de la estima y del afecto especial que tenemos a vuestras personas, de la reflexión y de la solicitud que nuestro oficio pontifical y pastoral incesantemente nos exige a propósito de la sagrada liturgia, "cima y fuente de la vida de la Iglesia" (SC 16); de la necesidad que tenemos de vosotros, ya que coinciden los altos fines de vuestro movimiento con la promoción de la vida religiosa comunitaria y del esplendor del culto divino, de la necesidad de una Asociación italiana Santa Cecilia renovada; al mismo tiempo, y por coherencia íntima y armónica, inteligentemente fiel a las gloriosas tradiciones corales y musicales de la Iglesia, y sabiamente abierta a las nuevas exigencias de un culto religioso siempre vivo y en continua renovación, y de una pastoral litúrgica actualizada, eficaz, fecunda.
Vuestra actividad viene ahora a integrarse en un momento importante de la historia de la reforma, sabiamente promovida por el Concilio Ecuménico Vaticano II. Buenos frutos se han recogido ya en el sector que más directamente os afecta. En Italia, no menos que en otros países, el pueblo cristiano canta ahora más en las sagradas asambleas. Nuevos textos y nuevas melodías se han injertado en el tronco antiguo y hermoso; prometedores brotes han nacido al soplo de la primavera espiritual, que hoy de una manera tan sensible envuelve y penetra la vida de la Iglesia.
Resistencias y dificultades en la renovación musical
No faltan, sin embargo, algunas resistencias y no pocas dificultades para tal renovación, también en lo que respecta a la música sagrada y al canto litúrgico. Y, por otra parte, no siempre se consigue
preciosísimo patrimonio, no siempre las nuevas expresiones musicales sintonizan con la magnífica y venerable tradición eclesiástica, tan valiosa aún desde el punto de vista cultural; mientras a veces se introducen composiciones ciertamente sencillas y accesibles, pero quizá pobres de inspiración o privadas de toda grandeza expresiva, otras veces se realizan aquí y allá experiencias completamente inéditas y audaces, ante las cuales no podemos dejar de quedar por lo menos perplejos y dudosos. Os toca, pues, a vosotros brindar vuestra colaboración para una tarea delicada y urgente de reflexión y de discernimiento, de impulso o de corrección, según los casos.
En la realización de esta misión es necesario ante todo no perder de vista la función de la música sagrada y del canto litúrgico. De lo contrario resultaría vana toda tentativa de reforma e imposible la recta y apropiada utilización de los varios elementos estructurales de la noble y santa empresa, que son, como bien sabéis, el gregoriano, la polifonía sagrada y la música moderna; el órgano y otros instrumentos musicales; los textos, en lengua vernácula y en latín; los ministros sagrados, las "Scholae cantorum" y la asamblea; el canto sagrado oficial y el canto religioso popular.
Al servicio del culto divino
Música y canto están al servicio del culto y subordinados al mismo, y por tanto, deben ser siempre decorosos- con cierta grandeza, aun en su sencillez; solemnes a veces, y
majestuosos; siempre lo menos indignos que sea posible de la infinita excelencia de Dios, al cual se dirigen, y del espíritu humano que intentan expresar. Deben ser capaces de poner el alma en devoto contacto con el Señor, suscitando y expresando sentimientos de alabanza, de imploración, de propiciación, de acción de gracias; de alegría y también de dolor; de amor, de confianza, de paz. ¡Qué rica gama de la más íntima melodía y de la más variada armonía!
Si ésta es la función esencial de la música sagrada, ¿cómo se podrían aceptar maneras expresivas verdaderamente pobres o banales?, ¿o condescendientes con un estetismo que distrae?, ¿o compuestas con un tecnicismo prevalente y excesivo, que sería ciertamente reflejo de una de las peculiaridades de nuestra época -indudablemente llamada a llegar a Dios en todas sus manifestaciones-, pero que para entrar en el ámbito de lo sagrado tendría necesidad de la mediación de un arte genuino?
Si no posee a la vez el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza, la música -instrumental y vocal- ella misma se cierra la entrada en la esfera de lo sagrado y de lo religioso. La asunción y la santificación de lo profano, que hoy quiere caracterizar la misión de la Iglesia en el mundo, evidentemente tiene límites, tanto más cuando se trata de conferir a lo profano aquella sacralidad que es propia del culto litúrgico. ¿Deberíamos recordar que el Concilio de Trento, en el decreto disciplinar "De observandis et evitandis in celebratione missae", prohibe toda clase de música "en la que el órgano o el canto lleve mezclado algo lascivo o impuro"? No todo lo que se hace fuera del templo (profanum) es indistintamente apto para traspasar sus umbrales.
Sabia y abierta renovación
Nadie crea que con estas observaciones se quieran imponer límites que mortifiquen la capacidad creadora del artista, del compositor o la no menos inspirada del ejecutor, o se quieran excluir expresiones musicales o vocales características de la índole y de las costumbres de pueblos educados en otras civilizaciones distintas de la nuestra occidental. El fin de la música sagrada, si consiste primeramente en la evocación y en el honor de la majestad divina, coincide también con una solemne afirmación de la más auténtica grandeza del hombre en oración, y por tanto, ¡cuántas y cuáles composiciones musicales nuevas, marcadas inconfundiblemente con el carisma de la libertad creadora y con el sello auténtico del arte, pueden nacer de un iluminado y fiel servicio a aquellos altísimos fines! Pero, por otra parte, en la perspectiva indicada se comprende y se aprecia mejor el gregoriano y la polifonía clásica, valores religiosos y humanos del pasado a los cuales sería difícil poder negarles el carácter de una siempre actual perennidad y de una incomparable perfección.
Es también tarea particular del canto sagrado infundir mayor fuerza a los textos que se proponen a la inteligencia y al gusto de los fieles para reavivar la fe y fomentar su devoción. (Cf. San Pío X, "Tra le sollecitudini").
Palabra y cántico interior, y palabra pronunciada, palabra cantada: una problemática que se inserta en la tan sugestiva y más vasta de la contemplación y de la liturgia, interioridad y exterioridad en el servicio del culto divino; problemática que está íntimamente introducida en la misma naturaleza del hombre y que, por tanto, se encuentra en la historia de las diversas experiencias religioso-culturales, sobre todo en la cristiana. San Agustín (Cf. De musica; Conf. 9,6; 10,33; Ep., 166,5,13; Retract., 1,11) y Santo Tomás, para citar solamente dos maestros supremos, no fueron insensibles a esta problemática (Cf. II, II, q. 91, art. 2).
Para superar las dificultades y evitar posibles desviaciones será necesario ante todo escoger o preparar -sacando del tesoro de la fe y del arte "nova et vetera"- textos adaptados, no sólo por el contenido sólidamente religioso y altamente inspirado, sino también por el digno y estimable ropaje literario, y después musicalizarlos y cuidar la ejecución de una manera coherente, no sólo sin oscurecerlos con inútiles redundancias y perjudiciales prolijidades, más
propias quizá de otros tiempos, sino también sin empobrecerlos, sin dañarles -digamos- por defecto, de manera que entre el canto y la cosa que se canta (San Agustín, Confesiones, X) se realice aquella adecuada y fecunda complementariedad que mejor consigue levantar hacia Dios las mentes y los corazones.
Función comunitaria del canto sagrado
Nos referiremos, finalmente, a la función comunitaria del canto sagrado y religioso relacionada con el aspecto social de la liturgia, fuertemente subrayada, y no sin razón, en nuestros días.
El canto litúrgico interesa a la Iglesia en su totalidad: "comunidad de sentimientos", que se manifiesta en "una única voz" (San Clemente, Carta a los corintios, 34,7), y que a su vez es robustecida y vigorizada por el canto. Cuántos frutos benéficos de solidaridad cristiana y humana, de caridad y de hermandad en Cristo puede producir la música sagrada que cumple convenientemente su función. Y por otra parte, el tener en cuenta la finalidad comunitaria nos llevará a excluir las modas expresivas, sólo comprensibles para los iniciados, y por lo mismo, incompatibles con una música que, por ser del pueblo de Dios, debe ser "popular".
El canto interesa también a toda la Iglesia en su organicidad, y debe, por tanto, hacer aparecer y resaltar su estructura esencial, como se refleja, en general, en el carácter jerárquico y comunitario de la sagrada liturgia.
Puesto que en el ámbito del sacerdocio común de todos los fieles el Espíritu distribuye la variedad de sus dones, aparece junto al ministerio de la asamblea el ministerio de la "schola cantorum", el de los niños y de los adultos; el ministerio del compositor, del organista, del director: vuestros ministerios, queridos hijos. Y en correspondencia a todo esto, tantos puntos que cuidar, tantas funciones que hay que estimular. Así el canto se desarrollará de una manera consonante y ordenada, según el oficio de cada uno, haciendo brillar la colaboración y la armonía en el mismo servicio: en la edificación solidaria de la Iglesia, en el constituirse todos a la vez en templo vivo para honra y gloria del Padre.
Estas son, queridos hijos, las supremas finalidades de nuestra misión, sobre las cuales hemos querido haceros reflexionar, con gusto nuestro y principalmente por deber de nuestro oficio apostólico, con una repetida y renovada meditación, ya que se trata de criterios fundamentales en los que debe inspirarse prácticamente vuestro trabajo. Estamos seguros que no os libraréis de la fascinación de su luz y del impulso de su fuerza. Que os ayude también el pensamiento de que vuestra misión es grande y saludable ante la Iglesia, que con el canto expresa y corrobora la fe del pueblo cristiano, y ante el mundo: este mundo nuestro contemporáneo, tan necesitado de un testimonio bello e intrépido, rendido a las realidades religiosas, a lo sagrado, a Dios. Con nuestra bendición apostólica.

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