Pastoral del Canto Liturgico

Instrucción «Varietates Legitimae»
Sobre la Liturgia romana y la Inculturación
(25-I-1994)
INTRODUCCIÓN
1. Desde antiguo se ha admitido en el rito romano una diversidad
legítima y también recientemente ha sido prevista por el concilio
Vaticano II en la constitución Sacrosanctum concilium,
especialmente para las misiones1. «La Iglesia no pretende
imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o
al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la liturgia» 2. Por el
contrario, habiendo reconocido en el pasado y en la actualidad
diversidad de formas y de familias litúrgicas, considera que tal
diversidad no perjudica su unidad sino que la enriquece3.
2. En su carta apostólica Vicesimus quintus annus, el Papa Juan
Pablo II ha señalado, como un cometido importante para la
renovación litúrgica, la tarea de enraizar la liturgia en las diversas
culturas4. Esta tarea, prevista en las precedentes Instrucciones y
en los libros litúrgicos, debe proseguir, a la luz de la experiencia,
asumiendo, donde sea necesario, los valores culturales «que
puedan armonizarse con el verdadero y auténtico espíritu
litúrgico, respetando la unidad substancial del rito romano
expresada en los libros litúrgicos»5.
Naturaleza de esta Instrucción
3. Por mandato del Sumo Pontífice, la Congregación para el culto
divino y la disciplina de los sacramentos ha preparado esta
Instrucción en la que se concretizan las Normas para adaptar la
liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos, contenidas
en los artículos 37-40 de la constitución Sacrosanctum concilium;
se explican de un modo más preciso ciertos principios, expresados
en términos generales en estos artículos, las prescripciones se

a seguir para observarlas, de manera que se pongan en práctica
únicamente según estas prescripciones. Mientras los principios
teológicos concernientes a las cuestiones de fe e inculturación
tienen todavía necesidad de ser profundizados, ha parecido bien a
este dicasterio ayudar a los obispos y las Conferencias
episcopales a considerar las adaptaciones ya previstas en los
libros litúrgicos o llevarlas a la práctica según el derecho; a
efectuar un examen crítico de lo que se ha podido acordar y, por
fin, si la necesidad pastoral en ciertas culturas hace urgente una
forma de adaptación litúrgica, que la constitución llama «más
profunda» y que al mismo tiempo implica «mayores dificultades»,
a organizar según derecho su uso y práctica de una manera más
apropiada.
Observaciones preliminares
4. La constitución Sacrosanctum concilium ha hablado de la
adaptación de la liturgia indicando algunas formas6 (6). Luego, el
magisterio de la Iglesia ha utilizado el término «inculturación»
para designar de una forma más precisa «la encarnación del
Evangelio en las culturas autóctonas y al mismo tiempo la
introducción de estas culturas en la vida de la Iglesia»7 (7). «La
"inculturación" significa una íntima transformación de los
auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo
y el enraizamiento del cristianismo en las diversas culturas
humanas» 8(8).
El cambio de vocabulario se comprende también en el mismo
campo de la liturgia. El término «adaptación», tomado del
lenguaje misionero, hace pensar en modificaciones sobre todo
puntuales y externas9 (9). La palabra «inculturación» sirve mejor
para indicar un doble movimiento. «Por la inculturación, la Iglesia
encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo,
ella introduce los pueblos con sus culturas en su propia
comunidad»10 (10). Por una parte, la penetración del Evangelio en
un determinado medio sociocultural «fecunda como desde sus
entrañas las cualidades espirituales y los propios valores de cada
pueblo (...), los consolida, los perfecciona y los restaura en Cristo»
(11). Por otra, la Iglesia asimila estos valores, en cuanto son
compatibles con el Evangelio, «para profundizar mejor el mensaje

de Cristo y expresarlo más perfectamente en la celebración
litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de fieles» (12).
Este doble movimiento que se da en la tarea de la «inculturación»
expresa así uno de los componentes del misterio de la
Encarnación (13).
5. La inculturación así entendida tiene su lugar en el culto como
en otros campos de la vida de la Iglesia (14). Constituye uno de
los aspectos de la inculturación del Evangelio, que exige una
verdadera integración (15), en la vida de fe de cada pueblo, de los
valores permanentes de una cultura más que de sus expresiones
pasajeras. Debe, pues, ir unida inseparablemente a una acción
más vasta y a una pastoral concertada que mire al conjunto de la
condición humana (16).
Como todas las formas de la acción evangelizadora, esta tarea
compleja y paciente exige un esfuerzo metódico y progresivo de
investigación y de discernimiento (17). La inculturación de la vida
cristiana y de sus celebraciones litúrgicas para el conjunto de un
pueblo sólo podrá ser el fruto de una maduración progresiva en la
fe (18).
6. La presente Instrucción tiene en cuenta situaciones muy
diversas. En primer lugar los países de tradición no cristiana,
donde el Evangelio ha sido anunciado en la época moderna por
misioneros que han llevado al mismo tiempo el rito romano.
Resulta actualmente más claro que «al entrar en contacto con las
culturas, la Iglesia debe acoger todo lo que, en las tradiciones de
los pueblos, es compatible con el Evangelio a fin de comunicarles
las riquezas de Cristo y enriquecerse ella misma con la sabiduría
multiforme de las naciones de la tierra» (19).
7. Distinta es la situación de los países de antigua tradición
cristiana occidental, donde la cultura ha sido impregnada a lo
largo de los siglos por la fe y la liturgia expresada por el rito romano.
Esto ha facilitado, en estos países, la aceptación de la
reforma litúrgica, de manera que las medidas de adaptación
previstas en los libros litúrgicos deberían ser suficientes, en su
conjunto para dar paso a las legítimas diversidades locales (cf. nn.
53-61). En algunos países, sin embargo, donde coexisten varias
culturas sobre todo a causa de los movimientos de inmigración,
hay que tener en cuenta los problemas particulares que esto
plantea (cf. n. 49).
8. Así mismo, hay que prestar atención a la situación de países de
tradición cristiana o no, en que se ha establecido una cultura que

muestra indiferencia o desinterés por la religión (20). En estos
casos de lo que hay que hablar no es de inculturación de la
liturgia, pues no se trata aquí de asumir valores religiosos
preexistentes, sino de insistir en la formación litúrgica (21) y de
hallar los medios más aptos para llegar a la mente y al corazón.
EL PROCESO DE INCULTURACIÓN A LO LARGO DE LA
HISTORIA DE LA SALVACIÓN
9. Las cuestiones que suscita actualmente la inculturación del rito
romano pueden encontrar alguna aclaración en la historia de la
salvación. El proceso de inculturación ya fue planteado de formas
diversas.
Israel conservó a lo largo de su historia la certeza de ser el pueblo
elegido por Dios, testigo de su acción y de su amor en medio de
las naciones. Tomó de los pueblos vecinos ciertas formas de culto,
pero su fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob las modificó
profundamente, primeramente en su sentido y muchas veces en
su forma, para celebrar el memorial de las maravillas de Dios en
su historia incorporando estos elementos a su práctica religiosa.
El encuentro del mundo judío con la sabiduría griega dio lugar a
una nueva forma de inculturación: la traducción de la Biblia al
griego introdujo la palabra de Dios en un mundo que le estaba
cerrado y originó, bajo la inspiración divina, un enriquecimiento de
las Escrituras.
10. La ley de Moisés, los profetas y los salmos (cf. Lc 24, 27 y 44)
estaban destinados a preparar la venida del Hijo de Dios entre los
hombres. El Antiguo Testamento, por el hecho de comprender la
vida y la cultura del pueblo de Israel, es historia de salvación.
Al venir a la tierra, el Hijo de Dios, «nacido de mujer, nacido bajo
la ley», (Ga 4, 4) se sometió a las condiciones sociales y culturales
de los hombres con los que vivió y oró (22), Al hacerse hombre
asumió un pueblo, un país y una época, pero en virtud de la
común naturaleza humana, «en cierto modo, se unió a todo
hombre» (23). Pues «todos estamos en Cristo y la naturaleza
común de la humanidad recibe en él nueva vida. Por eso se le
llama el nuevo Adán» (24).
11. Cristo, que quiso compartir nuestra condición humana (cf. Hb
2, 14), murió por todos, para reunir a los hijos de Dios dispersos

(cf. Jn 11, 52). Con su muerte hizo caer el muro de separación
entre los hombres, haciendo de Israel y de las naciones un solo
pueblo. Por la fuerza de su resurrección, atrae a sí a todos los
hombres y crea en sí un solo Hombre nuevo (cf. Ef 2, 14-16; Jn 12,
32). En él cada uno puede llegar a ser una criatura nueva, pues un
mundo nuevo ha nacido ya (cf. 2 Co 5, 16-17). En él la tiniebla
deja paso a la luz, las promesas se hacen realidad y todas las
aspiraciones religiosas de la humanidad encuentran su
cumplimiento. Por el ofrecimiento de su cuerpo, hecho una vez
por todas (cf. Hb 10, 10), Cristo Jesús establece la plenitud del
culto en espíritu y en verdad en una novedad que deseaba para
sus discípulos (cf. Jn 4, 23-24).
12. «En Cristo (...) se nos dio la plenitud del culto divino» (25). En
él tenemos el sumo sacerdote por excelencia, tomado de entre los
hombres (cf. Hb 5, 1-5 10, 19-21), muerto en la carne, vivificado
en el espíritu (cf. 1 P 3, 18). Cristo Señor, de su nuevo pueblo hizo
«un reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (cf. Ap 1, 6; 5, 9-10)
(26). Pero antes de inaugurar con su sangre el misterio pascual
(27), que constituye lo esencial del culto cristiano (28), Cristo ha
querido instituir la Eucaristía, memorial de su muerte y
resurrección, hasta que vuelva. Aquí se encuentra el principio de
la liturgia cristiana y el núcleo de su forma ritual.
13. En el momento de subir al Padre, Cristo resucitado prometió a
sus discípulos su presencia y les envió a proclamar el Evangelio a
toda la creación y a hacer discípulos de todos los pueblos,
bautizándolos (cf. Mt 28, 19; Mc 16, 15; Hch 1, 8). El día de
Pentecostés, la venida del Espíritu Santo creó la nueva comunidad
entre los hombres, reuniéndolos a todos por encima de su mayor
signo de división: las lenguas (cf. Hch 2, 1-11). Y las maravillas de
Dios serán proclamadas a todos los hombres, de toda lengua y
cultura (cf. Hch 10, 44-48). Los hombres rescatados por la sangre
del Cordero y unidos en una comunión fraterna (cf. Hch 2, 42) son
llamados de toda tribu, lengua pueblo y nación (cf. Ap 5, 9).
14. La fe en Cristo ofrece a todos los pueblos la posibilidad de
beneficiarse de la promesa y de participar en la herencia del
pueblo de la Alianza (cf. Ef 3, 6) sin renunciar a su propia cultura.
Bajo el impulso del Espíritu Santo, san Pablo, después de san
Pedro (cf. Hch 10), abrió el camino de la Iglesia (cf. Ga 2, 2-10) sin
circunscribir el Evangelio a los límites de la ley mosaica, sino
conservando lo que él había recibido de la tradición que procede
del Señor (cf. 1 Co 11, 23). Así, desde los primeros tiempos, la
Iglesia no ha exigido a los convertidos no circuncisos «nada más

allá de lo necesario», según la decisión de la asamblea apostólica
de Jerusalén (Hch 15, 28).
15. Al reunirse para la fracción del pan el primer día de la semana,
que pasó a ser el día del Señor (cf. Hch 20 7, Ap 1, 10), las
primeras comunidades cristianas siguieron el mandato de Jesús
que, en el contexto del memorial de la Pascua judía, instituyó el
memorial de su pasión. En la continuidad de la única historia de la
salvación tomaron espontáneamente formas y textos del culto
judío adaptándolos previamente para expresar la novedad radical
del culto cristiano (29). Así, bajo la inspiración del Espíritu Santo,
se hizo el discernimiento entre lo que podía o debía ser
conservado de la tradición cultural judía y lo que debía cambiar.
16. La expansión del Evangelio en el mundo hizo que surgieran
otras formas rituales en las Iglesias que procedían de la
gentilidad, formas influenciadas por otras tradiciones culturales. Y,
siempre bajo la luz del Espíritu Santo, se realizó el adecuado
discernimiento entre los elementos procedentes de culturas
«paganas» para distinguir lo que era incompatible con el
cristianismo y lo que podía ser asumido por él, en armonía con la
tradición apostólica y en fidelidad al Evangelio de la salvación.
17. La creación y el desarrollo de las formas de la celebración
cristiana se han realizado gradualmente según las condiciones
locales de las grandes áreas culturales en que se ha difundido el
Evangelio. Así se han formado las diversas familias litúrgicas del
Occidente y del Oriente cristiano. Su rico patrimonio conserva
fielmente la plenitud de la tradición cristiana (30). La Iglesia de
Occidente ha tomado del patrimonio de las familias litúrgicas de
Oriente algunos elementos para su liturgia (31). La Iglesia de
Roma adoptó en su liturgia la lengua viva del pueblo, el griego
primero, después el latín y, como las demás Iglesias latinas,
aceptó en su culto elementos importantes de la vida social de
Occidente dándoles una significación cristiana. A lo largo de los
siglos el rito romano ha demostrado repetidamente su capacidad
de integrar textos, cantos, gestos y ritos de diversa procedencia
(32) y ha sabido adaptarse a las culturas locales en países de
misión (33), aunque en algunas épocas ha prevalecido la
preocupación de la uniformidad litúrgica.
18. El concilio Vaticano II, ya en tiempos recientes, ha recordado
que la Iglesia «fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica,
fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres
de los pueblos en lo que tienen de bueno (...). Con su trabajo
consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el

corazón y en la mente de los hombres, y los ritos y culturas de
estos pueblos, no sólo no desaparezca sino que se purifique, se
eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio
y felicidad del hombre» (34). De este modo la liturgia de la Iglesia
no debe ser extraña a ningún país, a ningún pueblo, a ninguna
persona, y al mismo tiempo trasciende todo particularismo de
raza o nación. Debe ser capaz de expresarse en toda cultura
humana, conservando al mismo tiempo su identidad por la
fidelidad a la tradición recibida del Señor (35).
19. La liturgia, como el Evangelio, debe respetar las culturas, pero
al mismo tiempo invita a purificarlas y a santificarlas.
Los judíos, al hacerse cristianos, no dejan de ser plenamente
fieles al Antiguo Testamento, que condujo a Jesús, el Mesías de
Israel; ellos saben que en él se ha cumplido la alianza mosaica,
siendo él el Mediador de la Alianza nueva y eterna, sellada con su
sangre derramada en la cruz. Saben también que por su sacrificio
único y perfecto es el Sumo Sacerdote auténtico y el Templo
definitivo (cf. Hb 6-10). Inmediatamente quedan relativizadas
prescripciones como la circuncisión (cf. Ga 5, 1-6), el sábado (cf.
Mt 12, 8 y par.) (36) y los sacrificios del templo (cf. Hb 10). De
manera más radical, los cristianos convertidos del paganismo, al
adherirse a Cristo tuvieron que renunciar a los ídolos, a las
mitologías, a las supersticiones (cf. Hch 19, 18-19; 1 Co 10, 14-22;
Col 2, 20-22; 1 Jn 5 21).
Cualquiera que sea su origen étnico y cultural, los cristianos
deben reconocer en la historia de Israel la promesa, la profecía y
la historia de su salvación. Reciben los libros del Antiguo
Testamento lo mismo que los del Nuevo como palabra de Dios
(37). Y aceptan los signos sacramentales, que no pueden ser
plenamente comprendidos sino mediante la sagrada Escritura y
dentro de la vida de la Iglesia (38).
20. Conciliar las renuncias exigidas por la fe en Cristo con la
fidelidad a la cultura y a las tradiciones del pueblo al que
pertenecían, fue el reto de los primeros cristianos, en un espíritu y
por razones diferentes según provinieran del pueblo elegido o del
paganismo. Y lo mismo será para los cristianos de todos los
tiempos como lo atestiguan las palabras de san Pablo: «Nosotros
predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos,
necedad para los gentiles» (1 Co 1, 23).
El discernimiento que se ha efectuado a lo largo de la historia de
la Iglesia sigue siendo necesario para que, a través de la liturgia,

la obra de la salvación realizada por Cristo se perpetúe fielmente
en la Iglesia por la fuerza del Espíritu, a través del espacio y del
tiempo, y en las diversas culturas humanas.
EXIGENCIAS Y CONDICIONES PREVIAS PARA LA
INCULTURACIÓN LITÚRGICA
Exigencias procedentes de la naturaleza de la Liturgia
21. Antes de iniciar cualquier proceso de inculturación es preciso
tener en cuenta el espíritu y la naturaleza misma de la liturgia.
Ésta «es... el lugar privilegiado del encuentro de los cristianos con
Dios y con su enviado Jesucristo» (cf. Jn 17 3) (39). Es a un mismo
tiempo la acción de Cristo sacerdote y la acción de la Iglesia que
es su cuerpo, pues para llevar a cabo la obra de glorificación de
Dios y de santificación de los hombres, realizada a través de
signos sensibles, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia que,
por él y en el Espíritu Santo, ofrece al Padre el culto que le es
debido (40).
22. La naturaleza de la liturgia está íntimamente ligada a la
naturaleza de la Iglesia, hasta el punto de que es sobre todo en la
liturgia donde la naturaleza de la Iglesia se manifiesta (41). Ahora
bien, la Iglesia tiene también características específicas que la
distinguen de cualquier otra asamblea o comunidad.
En efecto, la Iglesia no se constituye por una decisión humana
sino que es convocada por Dios en el Espíritu Santo y responde en
la fe a su llamada gratuita (ekklesía deriva de klesis «llamada»).
Este carácter singular de la Iglesia se manifiesta en su reunión
como pueblo sacerdotal, en primer lugar el día del Señor, en la
palabra que Dios dirige a los suyos y en el ministerio del
sacerdote, que por el sacramento del orden actúa en persona de
Cristo, cabeza (42).
Por ser católica, la Iglesia sobrepasa las barreras que separan a
los hombres: por el bautismo todos se hacen hijos de Dios y
forman en Jesucristo un solo pueblo «en el que no hay distinción
entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres» (Ga
3, 28). De esta manera la Iglesia está llamada a reunir a todos los
hombres, hablar todas las lenguas y penetrar todas las culturas.
Finalmente, la Iglesia camina en la tierra lejos del Señor (cf. 2 Co
5, 6): lleva la figura del tiempo presente en sus sacramentos y en

sus instituciones, pero tiende a la bienaventurada esperanza y
manifestación de Cristo Jesús (cf. Tt 2, 13) (43). Y esto se traduce
en el mismo objeto de su oración de petición: aun estando atenta
a las necesidades de los hombres y de la sociedad (cf. 1 Tm 2, 1-
4), manifiesta que somos ciudadanos del cielo (cf. Flp 3, 20).
23. La Iglesia se alimenta de la palabra de Dios, consignada por
escrito en los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento, y, al
proclamarla en la liturgia, la acoge como una presencia de Cristo:
«Cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien
habla» (44). En la celebración de la liturgia, la palabra de Dios
tiene suma importancia (45), de modo que la sagrada Escritura no
puede ser sustituida por ningún otro texto, por venerable que sea
(46). La Biblia ofrece así mismo a la liturgia lo esencial de su
lenguaje, de sus signos y de su oración, especialmente en los
salmos (47).
24. Siendo la Iglesia fruto del sacrificio de Cristo, la liturgia es
siempre la celebración del misterio pascual de Cristo, glorificación
de Dios Padre y santificación del hombre por la fuerza del Espíritu
Santo (45). El culto cristiano encuentra así su expresión más
fundamental cuando cada domingo por todo el mundo, los
cristianos se reúnen en torno al altar bajo la presidencia del
sacerdote, para celebrar la eucaristía: para escuchar juntos la
palabra de Dios y hacer el memorial de la muerte y resurrección
de Cristo, mientras esperan su gloriosa venida (49). En torno a
este núcleo central el misterio pascual se actualiza con
modalidades específicas en la celebración de cada uno de los
sacramentos de la fe.
25. Toda la vida litúrgica gira en primer lugar alrededor del
sacrificio eucarístico y de los demás sacramentos confiados por
Cristo a su Iglesia (50). Ella tiene el deber de transmitirlos
fielmente y con solicitud a todas las generaciones. En virtud de su
autoridad pastoral, puede disponer lo que pueda resultar útil para
el bien de los fieles según las circunstancias, los tiempos y los
lugares (51). Pero no tiene ningún poder para cambiar lo que es
voluntad de Cristo, que es lo que constituye la parte inmutable de
la liturgia (52). Romper el vínculo que los sacramentos tienen con
Cristo que los ha instituido, o con los hechos fundacionales de la
Iglesia (53), no sería inculturarlos sino vaciarlos de su contenido.
26. La Iglesia de Cristo se hace presente significada en un lugar y
momento determinados, por las Iglesias locales o particulares,
que en la liturgia la manifiestan en su verdadera naturaleza (54).
Por ello cada Iglesia particular debe estar en comunión con la

Iglesia universal, no sólo en la doctrina de fe y en los signos
sacramentales, sino también en los usos recibidos universalmente
de la tradición apostólica ininterrumpida (55). Así sucede con la
oración cotidiana (56), la santificación del domingo y el ritmo
semanal, la Pascua y el desarrollo del misterio de Cristo a lo largo
del año litúrgico (57), la práctica de la penitencia y del ayuno (58),
los sacramentos de la iniciación cristiana, la celebración del
memorial del Señor y la relación entre la liturgia de la palabra y la
liturgia eucarística, el perdón de los pecados, el ministerio
ordenado, el matrimonio y la unción de los enfermos.
27. En la liturgia, la Iglesia expresa su fe de una forma simbólica y
comunitaria; esto explica la exigencia de una legislación que
acompañe la organización del culto, la redacción de los textos y la
ejecución de los ritos (59). Y eso justifica el carácter obligatorio de
esta legislación a lo largo de los siglos hasta el presente, para
asegurar la ortodoxia del culto, es decir, no solamente para evitar
los errores, sino para transmitir la fe en su integridad, pues la «ley
de la oración» (lex orandi, de la Iglesia corresponde a su «ley de
la fe» (lex credendi) (60).
Cualquiera que sea el grado de inculturación la liturgia no puede
prescindir de alguna forma de legislación y de vigilancia
permanente por parte de quienes han recibido esta
responsabilidad en la Iglesia: la Sede apostólica y, según las
normas del derecho, las Conferencias episcopales para un
determinado territorio y el obispo para su diócesis (61). .
Condiciones previas a la inculturación de la liturgia
28. La tradición misionera de la Iglesia siempre ha intentado
evangelizar a los hombres en su propia lengua. En ocasiones han
sido precisamente los primeros misioneros de un país los que han
fijado por escrito lenguas que hasta entonces habían sido
solamente orales. Y justamente es a través de la lengua materna,
vehículo de la mentalidad y de la cultura, como se llega a
comprender el alma de un pueblo, formar en él el espíritu
cristiano y permitirle una participación más profunda en la oración
de la Iglesia (62).
Después de la primera evangelización, en las celebraciones
litúrgicas es de gran utilidad para el pueblo la proclamación de la
palabra de Dios en la lengua del país. La traducción de la Biblia, o
al menos de los textos bíblicos utilizados en la liturgia, es
necesariamente el comienzo del proceso de inculturación litúrgica
(63).

Para que la recepción de la palabra de Dios sea precisa y
fructuosa, «hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la
sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos
tanto orientales como occidentales» (64). Así la inculturación de la
liturgia supone ante todo una apropiación de la sagrada Escritura
por parte de la misma cultura (65).
29. La diversidad de situaciones eclesiales tiene también su
importancia para determinar el grado necesario de inculturación
litúrgica. Es muy distinta la situación de países evangelizados
desde hace siglos y en los que la fe cristiana continúa estando
presente en la cultura, y la de aquellos en los que la
evangelización es más reciente o no ha penetrado profundamente
en las realidades culturales (66). También es diferente la situación
de una Iglesia en donde los cristianos son una minoría respecto
del resto de la población. Más compleja es la situación de los
países en los que se da un pluralismo cultural y linguístico. Será
preciso hacer una cuidadosa evaluación de la situación para
encontrar el camino adecuado y lograr soluciones satisfactorias.
30. Para preparar una inculturación de los ritos, las Conferencias
episcopales deberán contar con personas expertas tanto en la
tradición litúrgica del rito romano como en el conocimiento de los
valores culturales locales. Hay que hacer estudios previos de
carácter histórico, antropológico, exegético y teológico. Además,
hay que confrontarlos con la experiencia pastoral del clero local,
especialmente el autóctono (67). El criterio de los «sabios» del
país cuya sabiduría se ha iluminado con la luz del Evangelio, será
también muy valioso. Asimismo la inculturación tendrá que
satisfacer las exigencias de la cultura tradicional aun teniendo en
cuenta las poblaciones de cultura urbana e industrial (68).
Responsabilidad de la Conferencia episcopal
31. Tratándose de culturas locales, se explica por qué la
constitución Sacrosanctum concilium pide sobre este punto la
intervención «de las competentes asambleas territoriales de
obispos legítimamente constituidas» (69). A este respecto, las
Conferencias episcopales deben considerar «con atención y
prudencia los elementos que pueden tomarse de las tradiciones y
genio de cada pueblo para incorporarlos oportunamente al culto
divino» (70). Se podrá algunas veces admitir «todo aquello que en
las costumbres de los pueblos no esté indisolublemente vinculado
a supersticiones y errores (...), con tal que se pueda armonizar
con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico» (71).

32. A las Conferencias episcopales corresponde juzgar si la
introducción en la liturgia, según el procedimiento que se indicará
más adelante (cf. nn. 62 y 65-69), de elementos tomados de las
costumbres sociales o religiosas vivas aún en la cultura de los
pueblos, puede enriquecer la comprensión de las acciones
litúrgicas sin provocar repercusiones desfavorables para la fe y la
piedad de los fieles. Y en todo caso, velarán para que los fieles no
vean en la introducción de estos elementos la vuelta a una
situación anterior a la evangelización (cf. n. 47).
Y siempre que se consideren necesarios ciertos cambios en los
ritos o en los textos, es importante adaptarlos al conjunto de la
vida litúrgica y, antes de llevarlos a la práctica, presentarlos
primero al clero y después a los fieles, de manera que se evite el
peligro de perturbarlos sin una razón proporcionada (cf. nn. 46 y
69).
PRINCIPIOS Y NORMAS PRÁCTICAS PARA LA
INCULTURACIÓN DEL RITO ROMANO
33. Las Iglesias particulares, sobre todo las más jóvenes,
ahondando en el patrimonio litúrgico recibido de la Iglesia romana
que les dio origen, serán capaces de encontrar formas apropiadas
de su patrimonio cultural, según la utilidad o la necesidad, para
integrarlas en el rito romano.
Una formación litúrgica, tanto de los fieles como del clero, tal
como lo exige la constitución Sacrosanctum concilium (72),
debería permitir que se comprenda el sentido de los textos y de
los ritos que se contienen en los libros litúrgicos actuales, y de
este modo evitar los cambios o las supresiones en lo que procede
de la tradición del rito romano.
Principios generales
34. En el estudio y en la realización de la inculturación del rito
romano se ha de tener en cuenta: la finalidad propia de la
inculturación; la unidad substancial del rito romano; la autoridad
competente.
35. La finalidad que debe guiar una inculturación del rito romano
es la misma que el concilio Vaticano II ha puesto como
fundamento de la restauración general de la liturgia: «ordenar los
textos y los ritos de manera que expresen con mayor claridad las

cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano
pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio
de una celebración plena, activa y comunitaria» (73).
Es importante así mismo que los ritos «sean adaptados a la
capacidad de los fieles, y, en general, no necesiten de muchas
explicaciones» (74), teniendo en cuenta siempre la naturaleza de
la misma liturgia, el carácter bíblico y tradicional de su estructura
y de su forma de expresión, tal como se ha indicado más arriba
(nn. 21-27).
36. El proceso de inculturación se hará conservando la unidad
substancial del rito romano (75). Esta unidad se encuentra
expresada actualmente en los libros litúrgicos típicos publicados
bajo la autoridad del Sumo Pontífice y en los correspondientes
libros litúrgicos aprobados por las Conferencias episcopales para
sus respectivos países y confirmados por la Sede apostólica (76).
El estudio de la inculturación no debe pretender la formación de
nuevas familias de ritos; al adecuarse a las necesidades de una
determinada cultura, lo que se intenta es que las nuevas
adaptaciones formen parte también del rito romano (77).
37. Las adaptaciones del rito romano, también en el campo de la
inculturación, dependen únicamente de la autoridad de la Iglesia.
Autoridad que reside en la Sede apostólica, la ejerce por medio de
la Congregación para el culto divino y la disciplina de los
sacramentos (78); y, en los límites fijados por el derecho, en las
Conferencias episcopales (79) y el obispo diocesano (80). «Nadie,
aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por
iniciativa propia en la liturgia» (81). La inculturación, por tanto, no
queda a la iniciativa personal de los celebrantes, o a la iniciativa
colectiva de la asamblea (82).
Así mismo, las concesiones hechas a una región determinada no
pueden extenderse a otras regiones sin la autorización requerida,
aunque una Conferencia episcopal considere que tiene razones
suficientes para adoptarlas en su propio país.
Lo que puede ser adaptado
38. En el análisis de una acción litúrgica con vistas a su
inculturación, es preciso considerar también el valor tradicional de
los elementos de esa acción, en particular su origen bíblico o
patrístico (cf. nn. 21-26) porque no basta distinguir entre lo que
puede cambiar y lo que es inmutable.

39. El lenguaje, principal medio de comunicación entre los
hombres, en las celebraciones litúrgicas tiene por objeto anunciar
a los fieles la buena nueva de la salvación (83) y expresar la
oración de la Iglesia al Señor. También debe manifestar, con la
verdad de la fe, la grandeza y la santidad de los misterios
celebrados.
Habrá que examinar, por tanto atentamente qué elementos del
lenguaje del pueblo será conveniente introducir en las
celebraciones litúrgicas, y, en particular, si será oportuno o no
emplear expresiones provenientes de religiones no cristianas. Así
mismo será importante tener en cuenta los diversos géneros
literarios empleados en la liturgia: textos bíblicos proclamados,
oraciones presidenciales, salmodia, aclamaciones, respuestas,
responsorios, himnos y letanías.
40. La música y el canto, que expresan el alma de un pueblo,
tienen un lugar privilegiado en la liturgia. Se debe, pues, fomentar
el canto, en primer lugar, de los textos litúrgicos, para que se
escuchen las voces de los fieles en las mismas acciones litúrgicas
(84). «Como en ciertas regiones, principalmente en las misiones,
hay pueblos con tradición musical propia que tiene mucha
importancia en su vida religiosa y social, dése a esta música la
debida estima y el lugar correspondiente no sólo al fomentar su
sentido religioso, sino también al acomodar el culto a su
idiosincrasia» (85).
Se ha de tener en cuenta que un texto cantado se memoriza
mejor que un texto leído, lo que exige mayor esmero en cuidar la
inspiración bíblica y litúrgica, y también la calidad literaria de los
textos de los cantos.
En el culto divino se podrán admitir las formas musicales, las
melodías y los instrumentos de música «siempre que sean aptos o
puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del
templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles»
(86).
41. Dado que la liturgia es una acción, los gestos y actitudes
tienen especial importancia. Entre éstos, los que pertenecen a los
ritos esenciales de los sacramentos, necesarios para su validez,
deben conservarse como han sido aprobados y determinados por
la autoridad suprema de la Iglesia (87).

Los gestos y actitudes del sacerdote celebrante deben expresar
su función propia: preside la asamblea en la persona de Cristo
(88).
Los gestos y actitudes de la asamblea, en cuanto signos de
comunidad y de unidad, favorecen la participación activa
expresando y desarrollando al mismo tiempo la unanimidad de
todos los participantes (89). Se deberán elegir, en la cultura del
país, los gestos y actitudes corporales que expresen la situación
del hombre ante Dios, dándoles una significación cristiana, en correspondencia,
si es posible, con los gestos y actitudes de origen
bíblico.
42. En algunos pueblos el canto se acompaña espontáneamente
batiendo palmas, con balanceos rítmicos o movimientos de danza
de los participantes. Tales formas de expresión corporal pueden
tener lugar en las acciones litúrgicas de esos pueblos, a condición
de que sean siempre la expresión de una verdadera y común
oración de adoración, de alabanza, de ofrenda o de súplica y no
un simple espectáculo.
43. La celebración litúrgica se enriquece por la aportación del
arte, que ayuda a los fieles a celebrar, a encontrarse con Dios y a
orar. Por tanto, también el arte debe tener libertad para expresarse
en las iglesias de todos los pueblos y naciones, siempre que
contribuya a la belleza de los edificios y de los ritos litúrgicos con
el respeto y el honor que les son debidos (90) y que sea
verdaderamente significativo en la vida y la tradición del pueblo.
Lo mismo se ha de decir por lo que respecta a la forma,
disposición y decoración del altar (91), al lugar de la proclamación
de la palabra de Dios (92) y del bautismo (93), al mobiliario, a los
vasos, a las vestiduras y a los colores litúrgicos (94). Se dará
preferencia a las materias, formas y colores familiares en el país.
44. La constitución Sacrosanctum concilium ha mantenido
firmemente la práctica constante de la Iglesia de proponer a la
veneración de los fieles imágenes de Cristo, de la Virgen María y
de los santos (95), pues «el honor dado a la imagen pasa a la
persona» (96). En cada cultura las obras artísticas que intentan
expresar el misterio según el genio del pueblo, deben ayudar a los
creyentes en su oración y su vida espiritual.
45. Junto a las celebraciones litúrgicas y en relación con ellas, las
diversas Iglesias particulares tienen sus propias expresiones de
piedad popular. Introducidas a veces por los misioneros en el

momento de la primera evangelización, se desarrollan con
frecuencia según las costumbres locales.
La introducción de prácticas de devoción en las celebraciones
litúrgicas no puede admitirse como una forma de inculturación
«porque, por su naturaleza, (la liturgia) está por encimas de ellas»
(97).
Corresponde al ordinario del lugar (98) organizar tales
manifestaciones de piedad, fomentarlas en su papel de ayuda
para la vida y la fe de los cristianos, y purificarlas cuando sea
necesario, pues siempre tienen necesidad de ser evangelizadas
(99). El ordinario debe cuidar también de que no suplanten a las
celebraciones litúrgicas ni se mezclen con ellas (100).
La prudencia necesaria
46. «No se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad
verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la
precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo
así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (101). Esta
norma, dada por la constitución Sacrosanctum concilium con
vistas a la reforma de la liturgia se aplica también, guardada la
debida proporción, a la inculturación del rito romano. En este
terreno, la pedagogía y el tiempo son necesarios para evitar los
fenómenos de rechazo o de crispación de las formas anteriores.
47. Dado que la liturgia es una expresión de la fe y de la vida
cristiana, hay que vigilar que su inculturación no esté marcada, ni
siquiera en apariencia, por el sincretismo religioso. Ello podría
suceder si los lugares, los objetos del culto, los vestidos litúrgicos,
los gestos y las actitudes dan a entender que, en las
celebraciones cristianas, ciertos ritos conservan el mismo
significado que antes de la evangelización. Aún sería peor el
sincretismo religioso si se pretendiera reemplazar las lecturas y
cantos bíblicos (cf. n. 23) o las oraciones por textos tomados de
otras religiones aun teniendo éstos un valor religioso y moral
innegables (102).
48. La admisión de ritos o gestos habituales en los rituales de la
iniciación cristiana, del matrimonio y de las exequias es una etapa
de la inculturación ya indicada en la constitución Sacrosanctum
concilium (103). En ellos la verdad del rito cristiano y la expresión
de la fe pueden quedar fácilmente oscurecidos a los ojos de los
fieles. La recepción de los usos tradicionales debe ir acompañada
de una purificación y, donde sea preciso incluso de una ruptura.

Lo mismo se ha de decir, por ejemplo, de una eventual
cristianización de fiestas paganas o de lugares sagrados, de la
atribución al sacerdote de signos de autoridad reservados al jefe
en la sociedad, o de la veneración de los antepasados. En todo
caso es preciso evitar cualquier ambigüedad. Con mayor razón la
liturgia cristiana no puede en absoluto aceptar ritos de magia, de
superstición, de espiritismo, de venganza o que tengan
connotaciones sexuales.
49. En algunos países coexisten distintas culturas que a veces se
compenetran hasta formar una cultura nueva y otras veces
tienden a diferenciarse más, o incluso a oponerse mutuamente
para mejor afirmar su propia identidad. Puede suceder también
que algunas costumbres no tengan más que un interés folclórico.
Las Conferencias episcopales examinen con atención la situación
concreta en cada caso, respeten las riquezas de cada cultura, y a
quienes las defienden, sin ignorar ni descuidar una cultura
minoritaria o que les resulte menos familiar; eviten también que
las comunidades cristianas se mantengan aisladas o que la
inculturación litúrgica se utilice con fines políticos. En los países
de cultura muy marcada por usos tradicionales, se tendrán en
cuenta los diversos grados de modernización de los pueblos.
50. A veces en un mismo país se hablan varias lenguas, de modo
que cada una sólo es utilizada por un grupo restringido de
personas o por una tribu. En tales casos habrá que encontrar el
equilibrio que respete los derechos de cada grupo o tribu sin
llevar por esto al extremo la particularidad de las celebraciones
litúrgicas. A veces habrá que atender a una posible evolución del
país hacia una lengua principal.
51. Para promover la inculturación litúrgica en un ámbito cultural
más vasto que un país, se necesita que las Conferencias
episcopales interesadas se pongan de acuerdo y decidan en común
las disposiciones que se han de tomar para que «en cuanto
sea posible, se eviten también las diferencias notables de ritos
entre territorios contiguos» (104).
EL ÁMBITO DE LAS ADAPTACIONES EN EL RITO ROMANO
52. La constitución Sacrosanctum concilium tenía presente una
inculturación del rito romano al decretar las Normas para adaptar
la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos, al prever
medidas de adaptación en los mismos libros litúrgicos (cf. nn. 53-

61), y al permitir en ciertos casos, especialmente en los países de
misión, adaptaciones más profundas (cf. nn. 63-64).
Adaptaciones previstas en los libros litúrgicos
53. La primera medida de inculturación y la más notable es la
traducción de los textos litúrgicos a la lengua del pueblo (105).
Las traducciones y, en su caso, la revisión de las mismas se harán
según las indicaciones dadas a este respecto por la Sede
apostólica (106). Atendiendo cuidadosamente a los diversos
géneros literarios y al contenido de los textos de la edición típica
latina, la traducción deberá ser comprensible para los
participantes (cf. n. 39), ser apropiada para la proclamación y
para el canto así como para las respuestas y las aclamaciones de
la asamblea.
Aunque todos los pueblos, aun los más sencillos, tienen un
lenguaje religioso capaz de expresar la oración, el lenguaje
litúrgico tiene sus características propias: está impregnado
profundamente de la Biblia; algunas palabras del latín corriente
(memoria, sacramentum) han tomado otro sentido en la fe
cristiana; hay palabras del lenguaje cristiano que pueden
transmitirse de una lengua a otra, como ya ha sucedido en el
pasado: ecclesia, evangelium, baptisma, eucharistia.
Además, los traductores deben tener en cuenta la relación del
texto con la acción litúrgica, las exigencias de la comunicación
oral y las características literarias de la lengua viva del pueblo.
Estas características que se exigen a las traducciones litúrgicas
deben darse también en las composiciones nuevas, en los casos
previstos.
54. Para la celebración eucarística, el Misal romano, «aún dejando
lugar a las variaciones y adaptaciones legítimas según la
prescripción del concilio Vaticano II», debe quedar «como un instrumento
para testimoniar y conformar la mutua unidad» (107)
del rito romano en la diversidad de lenguas. La Ordenación
general del Misal romano prevé que «las Conferencias
episcopales, según la constitución Sacrosanctum concilium,
podrán establecer para su territorio las normas que mejor tengan
en cuenta las tradiciones y el modo de ser de los pueblos,
regiones y comunidades diversas» (108). Esto vale especialmente
para los gestos y las actitudes de los fieles (109), los gestos de
veneración al altar y al libro de los Evangelios (110), los textos de
los cantos de entrada (111), del ofertorio (112) y de comunión
(113), el rito de la paz (114), las condiciones para la comunión del

cáliz (115), la materia del altar y del mobiliario litúrgico (116), la
materia y la forma de los vasos sagrados (117) y las vestiduras
litúrgicas (118). Las Conferencias episcopales pueden determinar
también la manera de distribuir la comunión (119).
55. Para los demás sacramentos y sacramentales, la edición típica
latina de cada ritual indica las adaptaciones que pueden hacer las
Conferencias episcopales (120) o el obispo en determinados casos
(121). Estas adaptaciones pueden afectar a los textos, a los
gestos, y a veces incluso la organización del rito. Cuando la
edición típica ofrece varias fórmulas a elegir, las Conferencias
episcopales pueden proponer otras fórmulas semejantes.
56. Por lo que atañe al rito de iniciación cristiana, corresponde a
las Conferencias episcopales «examinar con esmero y prudencia
lo que puede aceptarse de las tradiciones y de la índole de cada
pueblo» (122) y, «en las misiones, además de los elementos de
iniciación contenidos en la tradición cristiana, pueden admitirse
también aquellos que se encuentran en uso en cada pueblo, en
cuanto pueden acomodarse al rito cristiano» (123). Hay que
advertir, sin embargo, que el término «iniciación» no tiene el
mismo sentido ni designa la misma realidad cuando se trata de
ritos de iniciación social en algunos pueblos, que cuando se trata
del itinerario de la iniciación cristiana, que conduce por los ritos
del catecumenado a la incorporación a Cristo en la Iglesia por
medio de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de
la Eucaristía.
57. El ritual del matrimonio es, en muchos lugares, el que requiere
una mayor adaptación para no resultar extraño a las costumbres
sociales. Para realizar la adaptación a las costumbres del lugar y
de los pueblos, cada Conferencia episcopal tiene la facultad de
establecer un rito propio del matrimonio, adaptado a las
costumbres locales, quedando a salvo siempre la norma que
exige, por parte del ministro ordenado o del laico asistente (124),
pedir y recibir el consentimiento de los contrayentes, y dar la
bendición nupcial (125). Este rito propio deberá significar
claramente el sentido cristiano del matrimonio así como la gracia
del sacramento, y subrayar los deberes de los esposos (126).
58. Las exequias en todos los pueblos han sido siempre rodeadas
de ritos especiales, a veces, de gran valor expresivo. Para
responder a las situaciones de los diversos países, el ritual romano
propone varias formas para las exequias (127). Corresponde
a las Conferencias episcopales escoger la que se adapte mejor
a las costumbres locales (128). Conservando lo que hay de bueno

en las tradiciones familiares y en las costumbres locales, las
Conferencias deben cuidar de que las exequias manifiesten la fe
pascual y den testimonio del verdadero espíritu evangélico (129).
Con este espíritu los rituales de exequias pueden adoptar
costumbres de diversas culturas para responder mejor a las
situaciones y a las tradiciones de cada región (130).
59. Las bendiciones de personas, de lugares o de cosas, que están
más relacionadas con la vida, las actividades y las preocupaciones
de los fieles, ofrecen también posibilidades de adaptación, de
conservación de costumbres locales y de admisión de usos
populares (131). Las Conferencias episcopales utilicen las
disposiciones dadas, teniendo en cuenta las necesidades del país.
60. Por lo que respecta a la organización del tiempo litúrgico, cada
Iglesia particular y cada familia religiosa añaden a las
celebraciones de la Iglesia universal, con la aprobación de la Sede
apostólica, las que les son propias (132). Las Conferencias
episcopales pueden también, con la previa aprobación de la Sede
apostólica, suprimir o trasladar al domingo algunas de las fiestas
de precepto (133). A ellas corresponde también determinar las
fechas y la manera de celebrar las rogativas y las cuatro témporas
(134).
61. La Liturgia de las Horas, que tiene por objeto celebrar las
alabanzas de Dios y santificar por medio de la oración la jornada y
toda la actividad humana, ofrece a las Conferencias episcopales
posibilidades de adaptación en la segunda lectura del Oficio de
lectura, los himnos y las preces, así como en las antífonas
marianas finales (135).
Procedimiento a seguir en las adaptaciones previstas en
los libros litúrgicos
62. La Conferencia episcopal, al preparar la edición propia de los
libros litúrgicos, se pronunciará sobre la traducción y las
adaptaciones previstas, según el Derecho (136). Las actas de la
Conferencia, con el resultado de la votación, se enviarán,
firmadas por el presidente y el secretario de la Conferencia, a la
Congregación para el culto divino y la disciplina de los
sacramentos, junto con dos ejemplares completos del proyecto
aprobado.
Además: se expondrán de forma resumida pero precisa las
razones por las cuales se ha introducido cada modificación, se

indicará igualmente qué partes se han tomado de otros libros
litúrgicos ya aprobados y cuáles son nuevas.
Una vez obtenido el reconocimiento de la Sede apostólica, según
la norma establecida (137), la Conferencia episcopal dará el
decreto de promulgación e indicará la fecha de su entrada en
vigor.
La adaptación prevista por el artículo 40 de la constitución
«Sacrosanctum concilium»
63. A pesar de las medidas de adaptación previstas ya en los
libros litúrgicos, puede suceder «que en ciertos lugares y
circunstancias urja una adaptación más profunda de la liturgia, lo
que implica mayores dificultades» (138). No se trata en tales
casos de adaptación dentro del marco previsto en las Institutiones
generales y Praenotanda de los libros litúrgicos.
Esto supone que una Conferencia episcopal ha empleado ante
todo los recursos ofrecidos por los libros litúrgicos, ha evaluado el
funcionamiento de las adaptaciones ya realizadas y ha procedido,
donde ha sido preciso a su revisión, antes de tomar la iniciativa de
una adaptación más profunda.
La utilidad o la necesidad de esa adaptación puede manifestarse
respecto a alguno de los puntos enumerados anteriormente (cf.
nn. 53-61) sin que afecte a los demás. Adaptaciones de esta
especie no pretenden una transformación del rito romano, sino
que se sitúan dentro del mismo.
64. En este caso, uno o varios obispos pueden exponer a sus
hermanos en el episcopado de su Conferencia las dificultades que
subsisten para la participación de sus fieles, y examinar con ellos
la oportunidad de introducir adaptaciones más profundas si es
que el bien de las almas lo exige verdaderamente (139).
Después, corresponde a la Conferencia episcopal proponer a la
Sede apostólica, según el procedimiento establecido más abajo,
las modificaciones que desea adoptar (140).
La Congregación para el culto divino y la disciplina de los
sacramentos se declara dispuesta a aceptar las proposiciones de
las Conferencias episcopales, a examinarlas teniendo en cuenta el
bien de las Iglesias locales interesadas y el bien común de toda la
Iglesia, y a acompañar el proceso de inculturación en donde sea
útil o necesario, según los principios expuestos en esta Instrucción

(cf. nn. 33-51), con un espíritu de colaboración confiada y de
responsabilidad compartida.
Procedimiento a seguir para la aplicación del artículo 40
de la constitución «Sacrosanctum concilium»
65. La Conferencia episcopal examine lo que se debe modificar en
las celebraciones litúrgicas en razón de las tradiciones y de la
mentalidad del pueblo. Confíe el estudio a la comisión nacional o
regional de liturgia, la cual ha de solicitar la colaboración de
personas expertas para examinar los diversos aspectos de los
elementos de la cultura local y de su posible inserción en las
celebraciones litúrgicas. A veces resultará oportuno pedir también
consejo a exponentes de las religiones no cristianas sobre el valor
cultural o civil de tal o cual elemento (cf. nn. 30-32).
Este examen previo, si el caso lo requiere, se hará en
colaboración con las Conferencias episcopales de los países
limítrofes o de los que tienen la misma cultura (cf. n. 51).
66. La Conferencia episcopal expondrá el proyecto a la
Congregación, antes de cualquier iniciativa de experimentación.
La presentación del proyecto debe comprender una descripción
de las innovaciones propuestas, las razones de su admisión, los
criterios seguidos, los lugares y tiempos en que se desea hacer,
llegado el caso, el experimento previo y la indicación de los
grupos que han de hacerlo y, por último, las actas de la
deliberación y de la votación de la Conferencia sobre este asunto.
Después de un examen del proyecto, hecho de común acuerdo
entre la Conferencia episcopal y la Congregación, ésta última dará
a la Conferencia episcopal la facultad de permitir, si se presenta el
caso, la experimentación durante un tiempo limitado (141).
67. La Conferencia episcopal cuidará del buen desarrollo de la
experimentación (142), solicitando normalmente la ayuda de la
comisión nacional o regional de liturgia. La Conferencia cuidará
también de no permitir que la experimentación se prolongue más
allá de los límites permitidos en lugares y tiempos, informará a
pastores y pueblo de su carácter provisional y limitado, y cuidará
de no dar al experimento una publicidad que podría influir ya en la
vida litúrgica del país. Al terminar el período de experimentación,
la Conferencia episcopal juzgará si el proyecto corresponde a la
utilidad buscada o si se ha de corregir en algunos puntos, y
comunicará su deliberación a la Congregación, junto con la
documentación relativa a la experimentación.

68. Una vez examinada esa documentación, la Congregación
podrá dar por decreto su consentimiento, con posibles
observaciones, para que las modificaciones pedidas sean
admitidas en el territorio que depende de la Conferencia
episcopal.
69. A los fieles, tanto laicos como clero, se les informará
debidamente de los cambios y se les preparará para su aplicación
en las celebraciones. La puesta en práctica de las decisiones
deberá hacerse según lo exijan las circunstancias, estableciendo,
si fuera oportuno, un período de transición (cf. n. 46).
CONCLUSIÓN
70. Con la presente Instrucción, la Congregación para el culto
divino y la disciplina de los sacramentos presenta a las
Conferencias episcopales las normas prácticas que deben regir el
trabajo de inculturación litúrgica previsto por el concilio Vaticano
II para responder a las necesidades pastorales de los pueblos de
diversas culturas y lo inserta en una pastoral de conjunto para
inculturar el Evangelio en la diversidad de realidades humanas.
Confía en que cada Iglesia particular, sobre todo las más jóvenes,
pueda experimentar que la diversidad en algunos elementos de
las celebraciones litúrgicas es fuente de enriquecimiento
respetando siempre la unidad substancial del rito romano, la
unidad de toda la Iglesia y la integridad de la fe que ha sido
transmitida a los santos de una vez para siempre (cf. Judas 3).
La presente Instrucción ha sido preparada por la Congregación
para el culto divino y la disciplina de los sacramentos por
mandato de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, que la ha aprobado
y ha ordenado su publicación.
Congregación para el culto divino y la disciplina de los
sacramentos, 25 de enero de 1994.
Cardenal Antonio M. Javierre Ortas
Prefecto
Mons. Geraldo M. Agnelo
Secretario

 



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