Pastoral del Canto Liturgico

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SANTA CATALINA DE SIENA

Virgen y doctora de la Iglesia (+ 1380)

 

Fue el día de la Anunciación de la Virgen y domingo de Ramos de 1347. La Iglesia y Siena, con cánticos y ramos de olivo, daban la bienvenida a la doña Catalina, que veía la luz de este mundo en una casa de la calle de los Tintoreros, en el barrio de Fontebranda.

A Catalina y a su hermana gemela Giovanna les habían precedido ya otros veintidós hermanos y les Siguió otro, en el hogar cnstiano y sencillo de Glacomo Beruncasa y Lapa de PUCClO

del Plangenti.

Del padre, tintorero de pIeles, parece haber heredado Catahna

la bondad de corazón, la candad, la dulzura magotable, y de

la madre, mUjer labonosa y enérgica, la firmeza y la declSlón.

Catalma, ruña, era alegre, bull1clOsa, vIVaracha; su encanto la

hacía un poco el centro del canño del ampho círculo familiar y

de las arnlstades. A sus cmco o seIS años tuvo su pnmera experIenCIa

de lo sobrenatural -una VISIón en el valle Platta- que

marcó una huella defirutiva en su vIda y la deJó onentada haCIa

DlOS. <<.A partir de esta hora parecIó dejar de ser ruña», cuenta

uno de sus bIógrafos. ComprendIó la Vlda de los que se habían

entregado a la santidad y smtió nacer en sí unos IrreSIstibles deseos

de lrnltarlos.

Se volVló más reservada, más JUlclOsa; buscaba más la soledad

para tratar a solas con DlOS. Ante un altar de la VIrgen

tomó la resolucIón de no querer nunca por esposo a nadIe más

que a Jesucnsto. Pero no tendría que esperar a que llegara la

madurez de su Juventud para poder medIr el valor y el sentido

de su consagracIón a DlOS.

Entonces, y en Itaha, a los doce años, una Joven tenía que

empezar a preocuparse de su porverur, y, en consecuenCIa, de

su arreglo personal y buen parecer para agradar a los hombres.

Lapa había ya casado a dos de sus rujas y pensaba que buscar el

matnmoruo era, al fm, como para ella había SIdo, la mISIón de

toda mUJer.

Hasta los qwnce años de Catalma duró la obstinada presIón

familiar. Jamás deSIStiÓ ella de su pnmer deseo de V1rglnldad,

pero tuvo, CIertamente, una cnSlS en su fervor. Su Vlda espmtual

afloJó al dejar penetrar en su alma, con una varudad muy femeruna,

el deseo de complacer a las cnaturas (su madre y sus hermanas)

más que a DIOS. Su hermana Buenaventura, con más éXito

que los demás, la había mducldo a preocuparse de los vestidos, a

teñIrse el cabello, a realzar su belleza natural con el maquillaje de

aquellos tiempos, caSI tan completo y complejo como el de los

actuales. Pero esta hermana munó en un parto en el mes de

agosto de 1362. Las lágnmas abundantes de Catalma no fueron

solamente por la pérdIda de su hermana predllecta. La vela mor

tecina junto a aquel cadáver hizo penetrar una luz nueva en su

alma. Ella la llamaba siempre su conversión, su vuelta a Dios, su retorno

a la entrega sin reservas ni recortes de ninguna clase.

La lucha familiar se exaspera en torno de Catalina, hasta

convertirse en una especie de persecución tenaz que la reduce a

la condición de una sirvienta y la encierra en un aislamiento que

ella aprovecha para entra!en la «celda interior» del conocimiento

de sí misma y del tra~ habitual con Dios, que ya no abandonará

de por vida. Aumenta de modo casi inconcebible sus

maceraciones, su ayuno, su constante vigilia, hasta agotar la

exuberancia y las fuerzas corporales de que hasta entonces había

gozado.

Excepcionalmente, dados sus diecisiete años, es admitida

entre las hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, especie

de terciarias dominicas, llamadas mantellate por el manto negro

que llevaban sobre el hábito blanco ceñido por una correa. Sin

abandonar el ambiente familiar, vivían con unas reglas propias

bajo la dirección de una superiora y de un director, religioso

dominico, y desarrollaban una extraordinaria actividad espiritual

y benéfica. Eran almas consagradas a los enfermos y a los

pobres.

Sus primeros años de mantellata se caracterizan por una intensísima

vida espiritual, con sus luchas que la purifican y elevan,

por su caridad inexhausta e incansable mortificación interior

y exterior, por una parte, y, por otra, por las elevadas y

delicadísimas gracias místicas con que Dios la regala frecuentísimamente.

Son casi cuatro años de vida solitaria entre combates

furiosos y tentaciones sutiles, y el trato personal de inefable

dulzura con Jesucristo, la Santísima Virgen, los santos.

El recogimiento, arrobado a veces, con que oraba, el llanto

incontenible, a pesar de las prohibiciones del confesor, al acercarse

a comulgar, lo que empezaba a oírse de sus mortificaciones,

agitó inevitablemente la marea del ambiente de una ciudad

religiosa, con sus capillitas y sus bandos, como la Siena del

1300: celos de mujeres devotas, escepticismo de frailes y sacerdotes,

los doctos que opinan de la ignorancia un tanto atrevida,

según ellos, de la hija del tintorero Benincasa, los corrillos de

vecinas en el barrio, en el típico lavadero de Fontebranda, los

rumores que llegan a los salones elegantes y a las tertulias acomodadas...

y por la calleja pendiente que lleva a Fontebranda se ve descender

una dama noble, un grave eclesiástico, un campanudo

maestro en teología, el mozo despreocupado y libre hacia la tintorería

para hablar con Catalina, que contaba apenas unos veinte

años. Tomás de la Fuente, entonces su confesor, la había autorizado

para ello. Su vibrante angustia materna por las almas la

obligaba a darse siempre que se la pudiese necesitar. Son los albores

de una fecunda maternidad espiritual, que no iba a limitarse

a los senos misteriosos de la intimidad del cuerpo místico;

son los primeros contactos de una nueva gran familia que nace.

Iba a empezar para esta criatura enferma y frágil el portento

de una actividad múltiple de apostolado, de acción política y diplomática

en favor de la Iglesia. Dios la iba preparando para

esta misión con sus gracias y sus pruebas. Le hacía ahondar incesantemente

en la consideración de la propia <<nada» frente al

«ser» de Dios, base de toda su vida espiritual. La admirable vida

activa que llevaría a cabo por voluntad de Dios hasta el día

de su muerte necesitaba una no menos admirable intensidad de

vida interior. Pero en Catalina la actividad y el recogimiento

jamás entraron en colisión ni se desarrollaron en doloroso contrapunto,

como en la mayor parte de las almas. Eran dos modos

externamente distintos, internamente idénticos, de amar a

Dios, de darse a Dios, de vivir su entrega de modo eficaz y

práctico.

En el umbral de su vida pública de apostolado y de acción

pacificadora entre las potencias terrenas se verifica su místico

desposorio con Jesús, del que, como testimonio perenne, guardará

en su dedo, hasta la muerte, una alianza imperceptible a todos

los demás.

En mayo de 1374 se reunía en Florencia, en la capilla llamada

«de los españoles», el Capítulo general de la Orden de Predicadores.

Por la responsabilidad que a la Orden podía caberle,

tratándose de una terciaria, el Capítulo asumió la tarea del examen

del espíritu de Catalina Benincasa. Lo aprobó y le señaló

como confesor y director al hombre sabio, prudente, fervoroso

que era Raimundo de Capua. Por Raimundo de Capua, elegido

al poco de morir Catalina maestro general de la Orden, conocemos,

con riquísima abundancia de detalles, la vida, las virtudes,

las gracias místicas y las actividades de la que fue su hija y maestra

al mismo tiempo.

La terrible peste negra que ha pasado a la historia como la

gran mortandad y en la que pereció más de la tercera parte de la

ciudad de Siena, ofreció a ,Catalina y a Raimundo de Capua y

demás «caterinatos», a su rdtorno de Florencia, una nueva oportunidad

para el heroísmo en su amor al prójimo.

Luego las ciudades de Pisa, donde -entre otros prodigios-

recibió los estigmas invisibles de la Pasión; Lucca, cuya

alianza con Florencia en la lucha contra el Papa trató de impedir

a toda costa, y de nuevo Pisa y Siena fueron el escenario del vivir

virtuoso y del apostolado de la Santa.

Movida por su implacable anhelo de servicio de la Iglesia y

rogada por la ciudad de Florencia, que se hallaba castigada con la

pena del entredicho por su rebeldía contra el Papa, Catalina emprende

en la primavera de 1376 su viaje a la corte pontificia de

Aviñón, Estaba íntimamente convencida de que la presencia del

romano pontífice en su sede de Roma tenía que contribuir grandemente

a la reforma de las costumbres, a la sazón muy relajadas

en los fieles, en los religiosos y en el clero alto y bajo, y a la pacificación

del hervidero de luchas enconadas de las pequeñas repúblicas

que formaban el mosaico político de Italia entre sí y de

buena parte de ellas con el poder temporal de la Santa Sede.

Con la humilde y sumisa intrepidez con que antes y en otras

ocasiones había dirigido sus cartas al sucesor de Pedro, le habló

personalmente en esta ocasión. Aquella terciaria de veintinueve

años no tenía más razones que las razones de Dios. Gregorio

XI, de carácter débil y fluctuante, decidió, por fin, abandonar

Aviñón y volver a Roma el 13 de septiembre de aquel mismo

año.

Al año siguiente una misión de paz lleva a Catalina al castillo

de Roca de Tentennano, en la Val D'orcia. La acompañan algunos

frailes, entre ellos su director fray Raimundo de Capua, algunos

discípulos y mantel/ate. Apacigua los miembros de las familias

de los señores del Valle y su estancia allí se convierte en

una singular y fecundísima misión pública.

Mientras tanto, la situación política de Florencia se había ido

agravando desde los últimos meses. Los florentinos exasperados

se habían rebelado contra el entredicho pontificio y habían

celebrado insolentemente solemnidades religiosas en la plaza de

la Señoría. El Papa manda a Catalina a Florencia. En una de las

sublevaciones populares la Santa se ve amenazada de muerte.

En medio de las negociaciones, Gregario XI es sucedido por

Urbano VI, al que la Santa escribe cartas que son un puro clamor

de angustia, una súplica instante. Uega, por fin, la paz entre

la ciudad de Florencia y la Santa Sede, pero poco después

empieza a verificarse uno de los más amatgos vaticinios de Catalina:

el cisma de Occidente, con su antipapa, cisma al que

abrieron las puertas, más que el carácter áspero y duro de Urbano

VI, la ambición de unos gobiernos y la relajación y poco espíritu

de los cardenales de la corte pontificia.

De retorno a Siena, sumida el alma en la amatgura indecible

de los males que agobian a la Santa Iglesia, Catalina se engolfa

en la contemplación de la Misericordia y de la Providencia y

vuelca su alma de fuego, toda la luminosa experiencia del conocimiento

de Dios y de sí misma, todo el ardor de su anhelo por

el bien de la Santa Iglesia, en las páginas de este libro incomparable,

que la contiene y resume a toda ella, que es el Diálogo de la

Divina Providencia.

Las páginas vivas, palpitantes, del Diálogo contienen el grito

inenarrable que compendia toda la existencia y la misión de Catalina,

dirigido a Dios: «Por tu gloria, Señor, salva al mundo».

Santa Catalina escribió en él no lo que sabía, sino lo que vivía,

lo que era, recogiendo una serie de experiencias místicas que se

habrían perdido definitivamente para nosotros si, de modo providencial,

no hubieran encontrado el eco cálido en las páginas

del Diálogo. Con la misma fuerza captamos en ellas la respuesta

divina en una promesa de misericordia sobre el hombre y la

Santa Iglesia y en la enseñanza de los caminos por los que el

hombre hallará su salvación.

En octubre de 1378 había terminado él dictado del mismo a

tres de sus discípulos, que la servían también de secretarios pata

su abundante correspondencia. Hasta nosotros han llegado casi

400 cattas, vivo retrato de su alma excepcional, eco apasionado,

en su mayor parte, de sus objetivos: la reforma y la cruzada para

la reconquista de los Santos Lugares.

El Papa la quiere, en estas horas luctuosas, junto a sí, en

Roma. En la Ciudad Eterna lleva a cabo una ardiente campaña

en favor del verdadero papa Urbano VI. Habla en Consistorio a

los cardenales, sigue escribi~do cartas a las personas de mayor

influencia, llama junto a sí!a las más relevantes personalidades,

por su santidad, que habí:i en Italia. Su visión es clara, irreductible:

los males de la Iglesia no tienen más remedio que una

inundación de santidad en los miembros de la jerarquía y en el

pueblo fiel. No por esto deja de estar presente y de trabajar infatigable

entre los partidarios de uno y de otro Papa.

En los primeros meses del año 1380 -último de su existencia

terrena- la vida de Catalina parece una pequeña llama inquieta

que apenas puede ser ya contenida por la fragilidad del

cuerpo que se desmorona. Pero mientras viva será un holocausto

por la Santa Iglesia. Ella misma había escrito antes:

«Si muero, sabed que muero de pasión por la Iglesia».

«Cerca de las nueve --dice en una emocionante carta a su director-,

cuando salgo de oír misa, veríais andar una muerta camino

de San Pedro y entrar de nuevo a trabajar en la nave de la Santa

Iglesia. A1li me estoy hasta cerca de la hora de vísperas. No quisiera

moverme de allí ni de día ni de noche, hasta ver a este pueblo

sumiso y afianzado en la obediencia de su Padre, el Papa».

Allí, arrodillada, en un éxtasis de sufrimiento interior y de

súplica, se siente aplastada por el peso de la navicella, la nave de

la Iglesia, que Dios le hace sentir gravitar sobre sus hombros

frágiles de pobre mujer.

«Catalina --escribía otro de sus discípulos- era como una

mansa mula que sin resistencia llevaba el peso de los pecados de la

Iglesia, como en su juventud había llevado desde la puerta de la

casa hasta el granero los pesados sacos de trigo».

Cerca de la iglesia y del convento de los padres dominicos

de Santa Maria de la Minerva, en la Via di Papa, tenía durante su

estancia en Roma su humilde habitación. Dicta sus últimas cartas-

testamento, desbordantes de ternura y de firmeza, con su

habitual visión sobrenatural de todas las cosas. Interrumpe reiteradamente

su dictado, con un suspiro hondo: «Pequé, Señor;

compadécete de mí», o con el grito anhelante de amor a Jesucristo

crucificado que había consumido toda su existencia:

«Sangre, sangre».

Rodeada de muchos de sus discípulos y seguidores, consumida

hasta el agotamiento y el dolor por la enfermedad, ofrendaba

el supremo holocausto de una vida consagrada íntegramente

a Dios y a la Santa Iglesia. Con las palabras de Jesús:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritID>, radiante su cara

de luz inusitada, inclinó suavemente la cabeza y entregó su alma

a Dios, en la plenitud del estallido de la primavera romana.

Era el 29 de abril, domingo antes de la Ascensión del Señor del

año 1380.

La Santa Madre Iglesia, con el sello de su autoridad, avaló el

prodigio de santidad de la humilde hija del tintorero de Siena,

por boca de su vicario Pío 11, al canonizada solemnemente en la

festividad de San Pedro y San Pablo del año 1461.

ÁNGEL MORTA FIGULS

 

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