Pastoral del Canto Liturgico

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SANTA MARI4NA (MARÍA ANA) DE JESÚS DE PAREDES
VIrgen (+ 1645)
La cristiana república del Ecuador puede presentar ante el trono de Dios y en el cielo de la Iglesia una digna émula de Santa Rosa de Lima en la fragante flor de santidad que se llama María Ana de Jesús de Paredes y Flores. Nacida en Quito el sábado 31 de octubre de 1618, de piadosos y nobles padres, fue bautizada el 22 de noviembre en la catedral y mostró desde sus primeros años entera inclinación a la virtud, especialmente al pudor y a la modestia virginal. Huérfana de ambos padres desde los cuatro años, quedó al cuidado de su hermana mayor y del esposo de ésta, quienes la procuraron conveniente educación. Era Mariana de gran talento, de ingenio agudo, de inteligencia viva y precoz; se la preparó, por una parte, en las letras y, por otra, en la música; alcanzó mucha destreza en manejar el clave, la guitarra y la vihuela. También aprendió a coser, labrar, tejer y bordar, haciendo grandes progresos y ocupando así santamente el tiempo para huir de la ociosidad. Tenía una voz suave y dulcísima y una gran afición a la música, de tal manera que no dejó pasar un solo día sin ejercitarse en ella, aunque dedicándose a cantos religiosos, que la ayudaban a meditar y levantar su corazón incesantemente a Dios. Ya desde temprana edad su día estaba repartido entre la oración, el trabajo y algún recreo. Nos dicen sus compañeras que estaba muy inclinada al servicio de Dios, que celebraba todas las festividades de Nuestro Señor y de su Madre Santísima, y de todos los santos, sus devotos, con mucha veneración, haciendo altares, ayunando sus vísperas, provocando y animando a todos para que hiciesen lo mismo, sin ocuparse en juegos y entretenimientos pueriles. Solía retirarse para orar a algún rincón de la casa, donde la hallaban con las manitas juntas, repitiendo con fervor angelical el avemaría, que había aprendido apenas supo hablar. Tenía singular afecto a la pasión del Señor, y desde entonces practicaba penitencias y austeridades, que más adelante serían mayores y más asiduas. A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía de Jesús, que desde entonces fue ellugar escogido para su oración y vida espiritual. El padre Juan Camacho, al examinarla, quedó admirado de la inteligencia y comprensión de los divinos misterios que había en aquella niña, y casi culpaba a su familia de haberle dilatado algún tanto el recibir la eucaristía. Despojóse desde entonces de toda gala mundana, y, movida del Espíritu Santo, se ofreció enteramente a Jesucristo, haciendo voto de perpetua castidad, al que unió luego los de pobreza y obediencia. Cambió su nombre por el de Mariana de Jesús. La Providencia desbarató uno tras otro dos proyectos suyos: uno, de ir a tierra de infieles para darles la fe cristiana (y para lo cual, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa en unión de unas amigas), y otro, de entablar vida eremítica. Tampoco prosperó el deseo de los parientes, gozosamente aceptado por ella misma, de que entrara en la vida religiosa. Investigando en la oración y en la consulta a sus directores espirituales la voluntad de Dios, entendió ser ésta que viviese recogida en su propia casa, con la misma estrechez, pobreza y despojo de todas las cosas del mundo como pudiera hacerlo entre los muros de la comunidad más austera. En consecuencia, Mariana hizo arreglar pobremente, en la parte alta de su casa, un departamento con tres piezas: una salita, un pequeño aposento y una alcoba, completamente cerrados con cancel y cerrojos al resto de las personas, y de los que solamente salía para acudir por las mañanas a la iglesia. Su vida era de oración y penitencia continuas. Tenía en su pieza un ataúd, que le recordara constantemente la vanidad del mundo y la hora de la muerte. Su tenor de Vlda queda descnto así por ella ffilsma, en una dtStrlbuCIón del tiempo que sometió a su confesor: <<A las cuatro --<ilce- me levantaré, haré d1scIphna, pondréme de rodillas, daré graCIas a DlOS, repasaré por la memona los puntos de la med1tacIón de la PaSIon de Cnsto. De cuatro a Clnco y med1a: oraCIón mental. De Clnco y med1a a seIS exanunarla, pondréme los CiliClOS, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y partlcular, Iré a la IgleSIa De seIS y med1a a SIete' me confesaré De SIete a ocho: el tlempo de una rnlsa prepararé el aposento de rnl corazón para reCIbIr a rnl DlOS Después que le haya rec1b1do daré grac1as a rnl Padre Eterno, por haberme dado a su H1Jo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le ped1ré muchas mercedes De ocho a nueve: sacaré áruma del purgatono y ganaré mdulgencIas por ella De nueve a d1ez' rezaré los qurnce rnlstenos de la corona de la Madre de DlOS. A las d1ez' el tlempo de una rnlsa me encomendaré a rnlS santos devotos, y los dommgos y fiestas, hasta las once. Después comeré S1 tuViere necesIdad. A las dos' rezaré vísperas y haré examen general y partlcular De dos a cmco' eJercIc10s de manos y levantar rnl corazón a DlOS; haré muchos actos de su amor De cmco a se1S: lecc1ón espmtual y rezar completas De seIS a nueve oraCIón mental, y tendré CUIdado de no perder de Vista a D10s. De nueve a d1ez' saldré de rnl aposento por un Jarro de agua y tomaré algún al1vIo moderado y decente De d1ez a doce oraCIón mental De doce a una' leCCIón en algún hbro de Vidas de santos y rezaré malt1nes. De una a cuatro: dorrnlré, los Viernes, en rnl cruz, las demás noches, en rnl escalera, antes de acostarme tendré d1sClphna Los lunes, rnlércoles y Viernes, los adVientos y cuaresmas, desde las d1ez a las doce, la orac1ón la tendre en cruz Los VIernes, garbanzos en los pIes y una corona de cardos me pondré, y se1S CiliC10S de cardos Ayunaré sm comer toda la semana, los dommgos comeré una onza de pan Y todos los días comenzaré con la graCIa de DIOS» Esta regla de VIda, asombrosa por su austendad y oraClón, Manana la guardó desde los doce años, sIn más alteracIón hasta su muerte que estrechándola más aún los últimos SIete años. Sm embargo, prudentemente, adffiltía tres causas pOSIbles para Offiltlr alguno de los ejerCICIos señalados: la candad para con el prój1ffio, la obedtencla a qUlenes la podían mandar y la absoluta ImpOSIbilidad fíSIca, cuando estaba tan desproVlsta de fuerzas por alguna enfermedad corporal que le era matenalmente 1ffipOSIble tenerse de pIe. Santa Manana no excluyó de su Vlda un dtscreto apostolado, pnncIpalmente con su oraCIón por el prÓJImo, sus consejos a las almas que acudían a ella y la misericordia corporal para con los pobres. Era ya un gran ejemplo de virtud verla salir modestísimamente de su clausura camino de la iglesia. Por consejo de sus confesores se hizo terciaria de San Francisco de Asís (ya que en la Compañía de Jesús no hay tercera orden, como ella tanto hubiera deseado). Siempre deseó vivamente ser enterrada en la iglesia de la Compañía, donde Dios tanto la había favorecido, y el Señor le cumplió colmadamente su anhelo, ya que el templo de los jesuitas en Quito (de extraordinaria riqueza, pues está espléndidamente dorado en todo su interior, desde el arranque de las paredes hasta los techos inclusive) no sólo guarda como precioso tesoro su sagrado cuerpo bajo el altar mayor, sino que le ha sido litúrgicamente consagrado poco después de su canonización. Los testimonios de sus contemporáneos insisten especialmente en tres rasgos de su vida santa: su mortificación extraordinaria, su oración altísima y sus prodigios. Decía ella misma a su criada Catalina: «SI duermo en esta cama, sabe que para mí es un regalo: porque algo se ha de hacer para merecer y ganar a Dios, pues en camas blandas y delicadas no se le halla; y supuesto que padeció tanto por mí, no es nada lo que yo haga por él». Sin embargo, para usar estas asperezas había de vencer la gran repugnancia que tenía su cuerpo a ellas: su cama era una escalera con los balaustres con fllo hacia arriba, que de tanto usarlos llegaron a embotarse y gastarse; la almohada, un madero grueso y tosco. Ambas cosas las ocultaba durante el día debajo del lecho por medio de la sobrecama, que dejaba colgar hasta el suelo. Tres veces por semana usaba esta penitencia; los restantes días tomaba las tres horas de sueño sobre una áspera sábana de cerdas y piedrecitas. Su abstinencia y ayuno eran prodigiosos. Para disimularlos hacía que le preparasen una comida ordinaria, que luego secretamente repartía entre los pobres, limitándose a tomar para sí algunos bocados de pan, que en ocasiones amargaba con hiel, acíbar, ceniza y hierbas. De su amor a Dios da testimonio autorizado uno de sus confesores: «En todos los illas de su vIda conservo la pnmera graCIa que recIbIO en el bautIsmo [ ] no peco en toda su VIda mortal nI venIalmente con advertencIa» Otro decía: «Nuestro Señor la levanto a lo supremo de la contemplacIón, que consIste en conocer a DIOS y sus perfeccIOnes SIn illscurso y amarle SIn InterrupCIOID} Un testlgo afirma de su candad para con el próJimo: «Se eJercIto cuanto pudo y perlll1tIa su conillcIOn en obras de candad espmtuales y corporales, en beneficIo de los proJImos, deseando VIVIesen todos en el temor y serVICIo de DIOS, y para el efecto illera su VIda» «Toda su conversaclon -añade una de sus compañeras- era de la glona, de la VIrgInIdad y pureza, de la penItencIa y VIdas de los santos y santas, enVIillandoles sus VIrtudes con santa emulaCIOID} Aunque suphcó armentemente a Nuestro Señor que no la concemera favores sobrenaturales extenores en esta V1da, por su hurmldad profunda, sm embargo, hizo por su memo vanas profecías y revelaciones, además de lograr espeCiales conversiones y santifiCaCión de vanas almas. A pnnciplOs del año 1645 se smtleron frecuentes terremotos y desastrosas epidermas en Qwto. La clUdad estaba consternada. Mariana, conmoV1da por la desgracia de su pama, ofreció a DiOS su V1da en expiación de los pecados y en ahV10 de aquellos males. Nuestro Señor aceptó la ofrenda, porque desde aquel momento (26 de marzo) cesaron los temblores y la clUdad comenzó a tranquillzarse. Mas apenas la Santa se remó del templo, donde había hecho ante DiOS su sacnficio, comenzó a sent1r los sufnrmentos de la ternble enfermedad de que munó dos meses más tarde: apenas pudo llegar por sí rmsma a su habitaCión y hubo de 1t a la cama por no poderse tener en pie. ReCibidos los santos sacramentos y entre subhmes afectos de amor mV1no, entregó su puríSima alma a DiOS el 26 de mayo de 1645, a los vemtlSéis años de edad. A partir de su naCirmento para el CielO fue todavía mayor la veneraClón en que la tuVieron los qwteños y toda la naCión por sus frecuentes rmlagros. El 17 de mCiembre de 1757 Benemcto XIV mtroduJo su causa, Pío VI, el 19 de marzo de 1776, decIaró heroicas sus virtudes. En 1847 Pío IX reconoció dos milagros suyos; el mismo pontífice la beatificó el 20 de noviembre de 1853. Reanudada la causa, bajo León XIII, el 23 de abril de 1903, correspondió a Pío XII llevarla a feliz término, canonizando solemnemente a Santa Mariana el 9 de junio de 1950. Por su parte, la Asamblea Constituyente del Ecuador, a 30 de noviembre de 1946, en reconocimiento de la virtud que la llevó a ofrecer su vida por la incolumidad del pueblo, la llamó en solemne decreto «Heroína de la Patria».



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