Pastoral del Canto Liturgico

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SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

En el marco siempre entrañable de las fiestas navideñas y con la mirada puesta inevitablemente en el nuevo año que co­mienza, celebramos hoy la solemnidad de Santa María Madre de Dios, festividad que sacada de un cierto olvido al que se la había relegado y devuelta a su prístino contexto litúrgico a raíz del Vaticano II, es expresión y fruto de ese hondo sentimiento de piedad y devoción que desde antiguo viene suscitando en el pueblo cristiano de Oriente y Occidente la contemplación de la maternidad divina de María, uno de los misterios más grandes y singulares de nuestra fe.

 

Importante acontecimiento salvífico, que sirve de pórtico para el nuevo año, y que nos adentra en él, invitándonos a vivirlo siempre con nuestra mirada puesta en la Virgen Madre, siem­pre en clara referencia a ella. Acontecimiento, que nos propone desgranar este largo rosario de trescientos sesenta y cinco días en clave netamente mañana, es decir desde nuestra total adhe­sión al plan de Dios, y desde nuestra entrega más servicial y amorosa a los hermanos.

 

Y necesariamente en este día de la Octava de Navidad hemos de traer también el recuerdo de la Circuncisión del Señor, con la que se le dio el nombre de Jesús —Dios es salvación, Yahvé sal­va, Salvador—, lo cual solemniza todavía más esta fecha, pues di­cho recuerdo nos introduce de lleno en ese misterio, tan insonda­ble como cercano, de la encarnación del Verbo, en el misterio del Dios que asume plenamente (excepto en el pecado) nuestra con­dición humana, naciendo así de una mujer y sometido a la ley, como indica San Pablo en su carta a los gálatas.

 

Finalmente, y para completar esa rica variedad de matices que presenta siempre el primero de año, celebramos igualmente en este día la Jornada Mundial de la Paz, jornada promulgada por el papa Pablo VI en la solemnidad de la Inmaculada (8 de diciembre) de 1967, y que, para nosotros cristianos, entronca a través de María en la figura de Jesús, que de ella nos ha nacido como enviado del Padre para guiar nuestros pasos por el cami­no de la paz.

 

Rica amalgama celebrativa, ésta del 1.° de enero, aunque quizá para mucha gente quede en una cierta penumbra, ensom­brecida por el comienzo del nuevo año, y por los buenos deseos que lo acompañan. Pero dejando a un lado festejos más bien paganos y augurios que rara vez se cumplen, vayamos a la figura central de la fiesta, a quien es realmente nuestra fiesta, a la Vir­gen Madre. Vayamos a contemplar su misterio, su maternidad divina. Vayamos a contemplar entre sus brazos al Dios hecho hombre, al Verbo encarnado, que agazapado al calor del rega­zo materno balbucea en lo humano sus primeros latidos de amor, que desde su tierna mirada infantil, transparenta la mira­da eterna del Padre, el rostro infinito de quien lo engendró en la eternidad.

 

Hablar de la maternidad divina de María, es hablar necesa­riamente de ella como mujer y como madre, pero no de una mujer como las demás, sino de la Mujer con mayúscula, ni tam­poco de una madre cualquiera, sino de la Madre por antonoma­sia, de la Madre que concibe rompiendo todos los esquemas de la lógica humana, de la Mujer que conservando intacta su virgi­nidad, va a ser plenamente Madre y con una fecundidad que trasciende los límites de la historia, que rebasa nuestras coorde­nadas espaciotemporales para poder abarcar en su seno la Pala­bra creadora, preexistente e infinita de Dios. Una fecundidad, la suya, para engendrar a Cristo en su totalidad, a todo su Cuerpo Místico, y a la que por eso mismo no le sirve el concurso de va­rón, sino que necesita la acción vivificante y vivificadora del Espíritu, del único que es capaz de hacer concebir esa vida nue­va, que no nace de sangre, ni de amor carnal.

 

Hablar de la maternidad divina de María, es hablar por eso mismo de misterio, de un misterio que se hace dogma de fe para el pueblo fiel, de un misterio que abierto a la dimensión festiva y celebrativa se transforma en expresión litúrgica, en ex­plosión de gestos y palabras, de cantos y silencios, llamados to­dos ellos a culminar en la quietud de la oración íntima, recogida y contemplativa.

 

Y necesariamente para entrar de lleno en éste, como en cualquier otro misterio, hemos de recurrir a toda esa serie de mediaciones que nos lo hacen más comprensible, dentro de lo que a nosotros nos es posible. La Sagrada Escritura y la Tradi­ción, lo mismo que el Magisterio de la Iglesia y que esa rica his­toria que lo acompaña, entremezclada de credos y de herejías, de discrepancias teológicas y de formulaciones dogmáticas, esa historia escrita con letras imborrables en Nicea y en Efeso, en Constantinopla y en Calcedonia, en Trento y mucho más mo­dernamente en el Vaticano, serán quienes nos acompañen, quie­nes nos sirvan de guías y de intérpretes, a la hora de abordar el misterio de la maternidad de María, a la hora de introducirnos en lo puramente mistérico, ya que para llegar a ella, a la Virgen Madre, tan sólo nos basta el corazón.

Las palabras del ángel Gabriel a María, recogidas únicamen­te por el Evangelio de San Lucas, van a ser nuestro punto de partida en este acercamiento a la divina maternidad: «Y la fuer­za del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Le 1,35).

En primer lugar hemos de hacer notar que la expresión «se llamará», en este caso y para la mentalidad semítica, hace alu­sión a una cualidad inherente al sujeto (Jesús), más que a su propio nombre, con lo cual ya se nos está diciendo que el en­gendrado en María es Hijo de Dios, y no precisamente en la forma en que este título mesiánico era abordado en el AT, pues el Jesús de los Evangelios supera con mucho esta idea, llegando su mesianismo a identificarse con la Divinidad: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9).

Pero aún hay más, pues el mismo texto lucano mencionado está aludiendo a otro más antiguo, del libro del Éxodo, a los momentos de la gran intervención salvífica de Yahvé en favor de su pueblo: «Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó el santuario» (Ex 40,34).

Examinando estos dos fragmentos de la Escritura, se apre­cia a simple vista el claro y significativo paralelismo existente entre ambos: si el tabernáculo se llenó de la gloria del Señor al ser cubierto por la nube divina, de igual forma, las entrañas pu­rísimas de María quedan inundadas por esa misma gloria, por la propia divinidad, al ser ella cubierta con la sombra del Altísimo. Y si en el largo peregrinar de Israel hacia la tierra de promisión Dios eligió por morada lo más íntimo de la tienda del encuen­tro, ahora se ha elegido por Santuario el seno materno de la Doncella de Nazaret, un habitáculo mucho más perfecto.

En esta misma línea tenemos otro texto de la tradición lucana, no menos significativo, el encuentro entre María e Isabel, y más concretamente las palabras de esta última: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Le 1,45). Aquí la mujer de Zacarías está formulando casi la misma pregunta que el rey David, cuando el arca de la Alianza fue llevada a Jerusalén: «¿Cómo va a venir a mi casa el arca del Señor?» (2 Sam 6,9). Ambos interrogantes tienen un mismo hilo conductor: los dos personajes (David e Isabel) se consideran indignos de recibir a Dios en su casa, para quien la mentalidad bíblica reserva en ex­clusividad el título de Señor.

 

Continuando con la historia del rey salmista, leemos en 2 Sam 6,11: «El arca del Señor estuvo tres meses en casa de Obededón de Gat, y el Señor bendijo a Obededón y a toda su fami­lia». Y avanzando en nuestra comparación volvemos nuevamente al texto de la Visitación para establecer otro sugerente paralelis­mo con este versículo último de 2 Sam 6. Isabel experimenta también los favores y beneficios divinos: «En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre» (Le 1,44). E incluso el tiempo de permanencia de María en casa de su pariente es idéntico al que Obededón tuvo el arca del Señor bajo su techo: «María se quedó con Isabel unos tres meses» (Le 1,56).

 

A la luz de la similitud que ofrecen estos relatos del Antiguo y Nuevo Testamento, podemos deducir claramente que la ágil pluma del evangelista no sólo ha querido narrar el gozoso en­cuentro entre las dos mujeres, sino también proclamar la divini­dad de Jesús e indirectamente, por lo tanto, la maternidad divi­na de María. E igualmente la comparación entre esos textos del segundo libro de Samuel y los del primer capítulo de Lucas, nos permite invocar solemnemente a la Virgen como «Arca de la Nueva Alianza».

 

Anterior a la obra lucana es el texto paulino de Gál 4,4, al que ya hemos aludido más arriba: «Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley», y con el que San Pablo se está refiriendo claramente al misterio de la encarnación. No hace mención expresa de la divinidad de Jesús, pero sí de su preexis­tencia, pues afirma que Dios envió a su Hijo, lo cual significa que éste ya existía. Y por otra parte el que nazca de mujer y bajo la ley nos está afirmando que dicho Hijo fue totalmente hom­bre y con todas las consecuencias.

 

San Pablo, desde luego, no quiere ir más lejos con este texto, pero nosotros sí nos atrevemos a hacerlo, viendo si puede establecerse alguna relación entre la preexistencia del Hijo de Dios y la mujer que lo trajo al mundo. Y la conclusión a la que llega­mos es fácil: esa mujer, de la que aquí se habla en abstracto, Ma­ría, va a dar a luz al existente desde siempre en el seno del Pa­dre, pero más aún, si éste es Hijo de Dios, como afirma Pablo, necesariamente tiene que haber sido engendrado por él y por lo tanto ser de su misma naturaleza divina. Con lo cual podemos afirmar sin más razonamientos, que María es madre de un ser plenamente divino, madre de Dios.

 

Dejamos aquí las páginas de la Sagrada Escritura, a la vez que proseguimos nuestra ruta a través de este misterio de la ma­ternidad divina, adentrándonos necesariamente en la Tradición, en el dogma y en la historia de la Iglesia, para hacer estación en algunos de sus hitos más importantes, en aquellos primeros concilios que fijaron la doctrina cristológica y en el Vaticano II, que supo traducir magistralmente la fe de la Iglesia a un lengua­je y a unas formas de pensamiento más acordes con nuestro tiempo, facilitando así su mejor comprensión al hombre de hoy.

 

Ya desde muy antiguo, desde los primeros tiempos de la Iglesia, la maternidad divina de María ha sido tenida como doc­trina de fe en la tradición cristiana, tal y como se desprende de los mismos textos neotestamentarios en los que nos hemos de­tenido más arriba, pues lo mismo éstos que el resto de los escri­tos del NT tienen su origen en el substrato más antiguo de la Tradición, la cual proviene de los propios apóstoles, testigos singulares de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

 

Prueba igualmente inestimable de la veneración que este misterio de la maternidad divina de María viene suscitando des­de el cristianismo más antiguo la encontramos también en ese rico potencial de doctrina, que debemos a los santos padres, continuadores, de la predicación apostólica. Pues gracias a su contribución el terreno iba a quedar doctrinalmente más que abonado para que los grandes misterios de la fe cristiana fuesen calando cada vez más hondamente, y tanto es así, que en los símbolos de fe del siglo III se habla ya por ejemplo de la mater­nidad divina de María.

 

Mas sería Oriente quien primeramente descubriera la gran riqueza que encierra este misterio, dándole a María el nombre griego de Theotokos, que significa: «la que engendra a Dios», nombre que prendió pronto en la piedad popular, como pone de manifiesto la primera invocación mariana conocida, fechada entre los siglos IV o V. Aunque junto a todo esto iban a surgir pronto las primeras controversias cristológicas, discusiones teo­lógicas en torno a la figura de Cristo, motivadas bien por la apa­rición de algunas herejías, bien porque todavía no había defini­ciones dogmáticas precisas. Y en este terreno serían también los patriarcados orientales quienes estuvieran a la cabeza, pues go­zaban de un alto nivel intelectual, aunque diferenciados entre sí por corrientes filosóficas o formas de pensamiento distintas, propias de sus diferentes ámbitos geográficos.

 

Nicea había definido la divinidad de Jesucristo, engendrado por el Padre y de su misma naturaleza. Se hablaba de Jesús como Dios y como hombre a la vez, pero ¿de qué manera?, ¿cómo podían unirse o coexistir a la vez divinidad y humanidad en una sola persona? Pronto comenzaron a formularse pregun­tas como éstas, polarizándose muchas veces las respuestas en torno a las diferentes escuelas, llegando en no pocas ocasiones a formas de pensamiento encontradas.

 

Así la escuela de Alejandría, cuya cabeza visible sería San Ci­rilo, defendía claramente que en Cristo había una única persona, consustancial con el Padre por haber sido engendrada por él, y por lo tanto divina, a la cual en virtud del misterio de la encar­nación se le había unido una naturaleza plenamente humana. Je­sús era pues persona divina, pero con dos naturalezas, una la que tenía como Dios y otra la que había adquirido al hacerse hombre, aunque ambas inseparablemente unidas. Y por otra parte estaba la escuela antioquena, comandada por el Patriarca de Constantinopla, Nestorio, que defendía la separación de es­tas dos naturalezas cristológicas hasta tal punto que casi se ha­blaba de una doble personalidad.

 

Lógicamente esta dialéctica no es tan sencilla como para exponerla en pocas líneas, porque además, muchas veces eran los conceptos o palabras empleadas por unos y otros los que difi­cultaban su entendimiento, mucho más que lo que en el fondo sentían y querían expresar. Y si a esto se añade una cierta radicalización por ambas partes, no resulta tan fácil ir al fondo del problema. Lo cierto es que estas controversias salpicaban de lle­no a la maternidad divina de María.

 

Para los nestorianos la Virgen sería únicamente madre del Jesús humano, nunca del ser divino al que aquella perfecta hu­manidad se había unido, mientras que desde Alejandría se man­tenía lo contrario, defendiendo para María el título de Theotocos, título que por otra parte había arraigado ya entre los fieles y go­zaba de no poca veneración popular.

 

Así la polémica llegó a su cénit con la correspondencia epis­tolar entre Cirilo y Nestorio, quien habla de María únicamente como la Khristotocos, Madre de Cristo, pero del hombre, nunca del Dios, cual si se tratara casi de personas diferentes.

 

Finalmente y para dar fin a la controversia, el emperador de Bizancio convocaba un concilio, que tendría lugar el año 431 en Efeso, ciudad de honda resonancia apostólica. Este, que sería el tercer concilio ecuménico, asumiría las tesis de San Cirilo de Ale­jandría, proclamando solemnemente la unión de las dos naturale­zas, la divina y la humana, en una sola persona, en un mismo y único Cristo, y consecuentemente a María como Madre de Dios:

 

«Porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefa­ble y misteriosa en la unidad [...] Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la Santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se so­metió al nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de su propia carne [...] De esta manera (los Santos Padres) no tu­vieron inconveniente en llamar madre de Dios a la Santa Virgen» (DS 111 a).

Los padres conciliares, como se ve, no dudaron en llamar a la Virgen Theotocos, porque en ella se hizo carne el Verbo divino existente ya en el principio.

 

Nunca fieles y pastores se habían sentido tan identificados, pues aquellos obispos habían sancionado y ratificado algo que estaba ya muy enraizado en el alma, en el corazón y el senti­miento más profundo del pueblo, que sin grandes conocimien­tos teológicos, tal vez ninguno, venía proclamando a María, des­de hacía tiempo, como Madre de Dios. El entusiasmo de la gente congregada en Efeso fue tan desbordante que llegaron incluso a sacar a hombros a los obispos allí reunidos.

 

Posteriormente, el año 451, un nuevo concilio ecuménico, celebrado esta vez en Calcedonia, dejaba claro que Jesucristo había sido verdadero Dios y verdadero hombre, a la vez que sancionaba como dogma de fe todo lo que en Efeso se había definido, con lo cual la maternidad divina de María pasaba a formar parte del depósito inamovible de la fe:

 

«Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseña­mos que ha de confesarse que a uno solo y el mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo per­fecto en la humanidad [...] engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por noso­tros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad...» (DS 148).

 

Y así con el correr de los siglos llegamos hasta nuestra épo­ca, hasta el Concilio Vaticano II, y concretamente al último ca­pítulo de la constitución Lumen gentium que, dedicado por ente­ro a la figura de María, se presenta bajo un título tan sugerente como éste: La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Recogiendo la doctrina tradicional acerca de la Virgen y por lo tanto su maternidad divina, el texto aludi­do de la LG presenta una novedad importante, pues sitúa a la Madre de Dios en un contexto clave, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, fuera del cual sería imposible su existencia.

 

Todas las prerrogativas de María están en función de su ma­ternidad, así, su vida, su misión y su persona permanecen inse­parablemente unidas a Cristo, llegando a formar parte de su misterio, pues conforme el Verbo divino iba siendo carne en la carne de María, ella, se iba haciendo misterio en el misterio del Verbo. Y mientras la divinidad era implantada en el seno de la Virgen, por obra y gracia del Espíritu Santo, al unísono, ella era igualmente introducida en el misterio de Dios, en su seno trini­tario. «Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo...» (LG 53).

 

Y lógicamente, por su inserción en el misterio de Cristo, María ha de estar presente en el misterio de la Iglesia, pues tal inserción se realiza en referencia a la persona de Cristo en su to­talidad, en todo el Cuerpo Místico, no sólo en la Cabeza, sino también en los miembros. Y es que además, María es el miem­bro más destacado del Cuerpo Místico, la primera creyente, el primer ser humano al que, en virtud de la encarnación del Ver­bo, se le aplicaron los méritos de la redención, y por eso mismo es la figura más acabada de la Iglesia, su imagen más perfecta. María es la primera Iglesia, una «Iglesia sin mancha ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5,27).

 

En lo referente a la maternidad divina, el capítulo de la LG al que estamos aludiendo, se hace bastante eco y desde distintos planos. Ya solamente con una simple lectura rápida saltan a la vista las trece veces que, textualmente y comenzando por el tí­tulo, emplea la expresión Madre de Dios, referida a María, amén de otras veces, que la llama Madre del Redentor, Madre del Sal­vador, Madre de Cristo, Madre de Jesús...

 

Uno de estos planos o aspectos desde los que se aborda, en el presente texto, la maternidad de María es el de su libre acep­tación. Dimensión ciertamente interesante del misterio y que ha de tenerse en cuenta, pues revela por una parte la manera de ac­tuar de Dios y por otra la personalidad de la Virgen:

 

«Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la en­carnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mu­jer contribuyese a la vida» (LG 56).

 

María estaba ya predestinada en el designio salvífico divino a ocupar un puesto único en la historia de la salvación, pero en modo alguno quiso Dios que tal predestinación supusiera mer­ma de su libertad. Así el Verbo eterno antes de encarnarse en el seno de quien se hiciera su esclava quiere contar con su asen­timiento, con su «fiat». Pues lo mismo que la primera mu­jer, Eva, con su sí a la serpiente había sido causa de perdición para el género humano, otra mujer, María, y otro sí, el sí dado a Dios, tendrían que ser causa de salvación y regeneración de la humanidad.

 

Dios propone y la que va a ser su Madre responde afirmati­vamente, aunque le asalten las lógicas dudas y pasen por su mente un sinfín de interrogantes, porque se fía de Dios, porque siempre ha tenido puesta en él su confianza, porque él ha sido siempre su meta y su esperanza. Y firmemente asida al sí que acaba de pronunciar, se abandona en las manos amorosas del Padre, para que en ella se cumpla el gozoso anuncio del ángel, para que se haga en ella lo que el Señor quiera... Pero salta a la vista que una respuesta así, por momentánea que sea, no se im­provisa ni surge sin más... María acoge al Verbo en su seno, por­que primeramente lo había acogido en su corazón, porque su corazón y su alma eran ya de Dios, porque estaban inundados de su Palabra, y llenos de su gracia:

 

«Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel reci­bió el Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor» (LG 53).

 

Y   quizá por ello, por estar en todo momento abierta a Dios y dispuesta a llenarse de él y a recibir sus dones, pudo María asumir y afrontar los riesgos, nada cómodos, que iba a acarrearle su ma­ternidad, que conllevaba el ser la Madre de Jesús, que aunque Sal­vador e Hijo a los ojos del Padre, sería un proscrito para sus con­temporáneos, para los de su raza, para aquella estirpe elegida, a la cual había sido anunciado y profetizado siglos atrás.

 

Sí, María asume riesgos, pero además sin fríos cálculos, sin dobles intenciones. Los asume desde Dios conforme se le va desvelando el misterio, los asume porque así lo exige el plan salvífico, en el cual ella está llamada a ser la primera y principal tes­tigo del sufrimiento del Hijo y de su valor redentor, compade­ciendo al unísono con él en favor de toda la humanidad. Asume estos riesgos concorde con el Crucificado, solidarizándose con el dolor humano, con las dolencias de los hombres de todos los tiempos.

 

Y   será precisamente en ese marco sublime del Calvario don­de la maternidad de María se abrirá a todo el género humano, ensanchándose generosamente su corazón y su alma para aco­ger maternalmente a quienes estaban siendo rescatados al pre­cio de la sangre de Cristo. Pues él, desasido de todo, llegará in­cluso a desprenderse de su propia Madre, entregándola como Madre de todo el género humano, representado en la persona del discípulo amado. Desde la solemne cátedra de la cruz Jesús proclamará la maternidad universal y espiritual de María, que cual una nueva Eva, engendrará a la Humanidad Nueva, a la hu­manidad recreada en el misterio pascual de Jesucristo.

 

La Lumen gentium, por supuesto, dedica también un pequeño apartado a esta maternidad espiritual de María, «maternidad en orden a la gracia», como la denomina, en virtud a la eficacia de sus padecimientos, al pie de la cruz, asociados a la muerte re­dentora de Jesús:

 

«Padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el or­den de la gracia» (LG 61).

 

Y llegamos finalmente a lo más original del Vaticano II con respecto a la Virgen: se la proclama —y así se la invoca— Ma­dre de la Iglesia. Título a simple vista novedoso, pero que está latente en la precedente Tradición eclesial, pues, como ya se ha dicho, María es Madre de Cristo en su totalidad, Madre de todo su cuerpo místico, del que ella es a su vez el miembro más excelso:

 

«Por ese motivo es también proclamada como miembro exce­lentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejem­plar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a ma­dre amantísima, con afecto de piedad filial» (LG 53).

 

Hasta aquí nuestro recorrido por la Tradición de la Iglesia, con algunos de sus dogmas, y de sus concilios. Hasta aquí nuestra reflexión sobre la maternidad de María, vista desde esa triple di­mensión: Madre de Dios, Madre del género humano y Madre de la Iglesia. Tres realidades inmersas en el misterio de Dios y en re­lación directa a otros tantos momentos cruciales de su plan salvífico: en la encarnación, para engendrar al Verbo, en el Calvario para ser la Madre de la humanidad nueva y en Pentecostés como Madre de la Iglesia naciente, de la Iglesia que comienza a desarrollarse gracias a la fuerza vivificadora del Espíritu.

 

Ahora para finalizar hagamos un poco de historia sobre esta fiesta de Santa María Madre de Dios y sobre la celebración cris­tiana del primero de enero a través de los tiempos. Ya en el si­glo Vil, la ciudad de Roma, celebraba en la octava de Navidad la maternidad divina de María, fiesta en la que, según algunos es­tudios hechos al respecto, tenía lugar una estación en «Sancta Maria ad Martyres», que dedicada a la Virgen, aparecía en los li­bros litúrgicos con el nombre de in octava Domini.

 

Posteriormente, en el siglo IX, y por influjo de la liturgia ga­licana, pasó a celebrarse en el primer día del año la Circuncisión del Señor, fiesta que con el misal tridentino de Pío V cobraría carácter oficial, desplazando totalmente la antiquísima conme­moración mariana, la cual sería restaurada en el siglo XVIII gra­cias a una iniciativa surgida en Portugal. Así, en 1751 Benedic­to XTV concedía a las diócesis lusitanas la celebración de la maternidad de María, para la que él mismo había compuesto los textos litúrgicos. Aunque la fiesta, fuera de su lógico y antiguo contexto, pasaba a celebrarse el primer domingo de mayo.

 

Con el tiempo fueron otras iglesias locales, e incluso algunas órdenes religiosas, quienes asumieron esta fiesta mariana, cuya celebración iba a fijarse el 11 de octubre, fecha que en 1931 Pío XI extendió a toda la Iglesia latina, coincidiendo con el XV centenario del Concilio de Efeso. Y en 1962, el Beato Juan XXIII elegiría esta festividad como el marco más ade­cuado para la solemne inauguración del Concilio Vaticano II, puesto de esta manera bajo la protección maternal de María.

 

Así, metidos ya de lleno en el Concilio, llegamos al pontifi­cado de Pablo VI, quien dándose cuenta de que al ciclo de Na­vidad le faltaba algo tan propio como la celebración de la ma­ternidad de María, que entonces se hallaba fuera de lugar, se propuso devolverla a su contexto litúrgico más propio y origi­nal, y a su antigua fecha de la octava de Navidad. Lo cual pudo hacerse realidad con el nuevo Calendario romano de 1969, bajo el título de «Solemnidad de Santa María Madre de Dios». Y años después en su encíclica Marialis cultus, promulgada el 2 de febrero de 1974, a fin de adecuar el culto mariano al espíritu del Concilio Vaticano II, el recordado pontífice se hacía eco de este deseo suyo que tan felizmente era ya una realidad:

 

«El tiempo de Navidad constituye una prolongada memoria de la maternidad divina, virginal, salvífica de Aquella "cuya virginidad intacta dio a este mundo un Salvador" [...]

»En la nueva ordenación del período natalicio, nos parece que la atención común se debe dirigir a la renovada solemnidad de la Maternidad de María; ésta, fijada en el día primero de enero, según una antigua sugerencia de la Liturgia de Roma está destinada a ce­lebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa...» (MC 5).

 

La fiesta de la maternidad de María ha vuelto pues, como hemos visto, al lugar que le correspondía, habiendo adquirido, además, un notable valor teológico y celebrativo, a la vez que ecuménico, ya que aparece en el mismo contexto en el que las distintas liturgias de Oriente y Occidente acostumbraban a cele­brar ya desde antiguo dicha festividad, siempre en torno a la Natividad del Señor. Y asimismo, sigue subsistiendo junto a ella, en tan emblemática fecha, el recuerdo de la Circuncisión del Señor, conmemorada anteriormente en este día —a los ocho de su nacimiento— lo mismo que el Santísimo Nombre de Jesús, del que ya en el siglo XV hiciera su bandera el gran pre­dicador franciscano San Bernardino de Siena, aunque como fiesta no entraría en la liturgia hasta el siglo siguiente.

 

Y para realzar la nueva solemnidad, una rica liturgia, que centrada lógicamente en el misterio de la maternidad divina de María, ha sabido conjuntar a la perfección sus distintos elemen­tos, algunos de ellos procedentes de estadios litúrgicos anterio­res, tales como la oración colecta de la misa, rescatada de la an­tigua liturgia romana, o como el Evangelio, que sigue siendo el de la fiesta de la Circuncisión, pues aparte de narrarnos ese acontecimiento propio de este día, en él se destaca muy en pri­mer plano la figura de la Virgen: «Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Le 2,19). Otros ele­mentos, en cambio, han sido totalmente renovados, como clara­mente se aprecia a través de la oración de postcomunión, pues ella culmina haciendo uso del título mariano de Madre de la Iglesia, tan propio del Vaticano II: «... a cuantos proclamamos a María Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia».

 

Hoy primero de enero, solemnidad de Santa María Madre de Dios y Jornada mundial de la Paz. ¡Mejor comienzo para el nuevo año, imposible! Con nuestro recuerdo siempre agradecí- do y cariñoso hacia la Madre y con la mirada puesta en la ternu­ra del Niño que nos ha nacido, para que él, Príncipe de la paz, dilate y ensanche su reino de paz, amor y justicia en los corazo­nes de todos los hombres.



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