Pastoral del Canto Liturgico

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SANTA ZEDISLAVA DE LEMBERK

Madre de familia (f 1252)

SANTA ZEDISLAVA DE LEMBERKZdislava o Zedíslava es una madre de familia de la Edad Media, en pleno siglo XIII, que, sin embargo de hacer ya siete si­glos de su tránsito, no ha llegado a la canonización hasta el 21 de mayo de 1995, en que el papa Juan Pablo II, en su viaje apos­tólico a Bohemia, la colocaba en el catálogo de los santos en la ciudad de Olomuc.

 

Fue una mujer —dice el mismo Papa— a quien pueden aplicarse con toda justicia los elogios que la Sagrada Escritura dirige a la mujer fuerte, pues adornada de fortaleza y esplendor espiritual, sus hijos la llamaron bienaventurada y toda la comu­nidad alabó complacida la multitud de sus limosnas.

 

Nació en Moravia, en la localidad de Krizanov, en la fronte­ra entre Bohemia y Moravia, hacia el año 1220. Su vida sería breve pero intensa, con la intensidad de quien sirve al Señor con entrega y fidelidad. Eran sus padres Privislavo Berka y Sibi­la de Wittelbasch, un matrimonio adinerado que ocupaba rele­vante lugar en la sociedad de su tiempo. El padre era militar y señor posteriormente de Brno. Tenía la confianza del rey Wen­ceslao I, que lo nombró su procurador en Moravia. La madre, Sibila, era natural de Sicilia y había venido a Bohemia como dama de la reina Cunegunda, hija de Felipe Hohenstauffen y es­posa de Wenceslao I. La dama de la reina fue dada en matrimo­nio a Privislavo y ambos formaron un hogar sinceramente cris­tiano. La piedad de Privislavo era tal que se comentaba de él que por fuera era un caballero militar pero que por dentro era un monje. El interés de ambos por la religión les llevó a fundar el convento de los religiosos franciscanos en Brno, y posterior­mente fundaron otro convento, la abadía cisterciense de Zdar Nad Sazavou. Al lado de estos dos conventos, cuyas fundaciones supusieron una generosa donación de bienes, ambos espo­sos practicaban multitud de obras de religión y de caridad. Las fuentes antiguas llaman a Sibila «devota sierva de Jesucristo». Era, por tanto, muy favorable a una educación cristiana el clima que al abrir los ojos encontró Zdislava, primera hija del matri­monio, en su hogar. Muy particularmente aprendió de sus pa­dres la tierna devoción a la Virgen María que la acompañará siempre.

 

Zdislava fue la mayor de cinco hijos, con los que Dios ben­dijo el matrimonio, y su infancia estuvo enmarcada en el dicho clima de piedad y amor mutuo que reinaba en su hogar, al cual la niña Zdislava se mostró siempre receptiva. Creció en ese clima sin incidencias peculiares, y se hizo una joven casadera, a la que sus padres procuraron buscarle un conveniente matrimonio.

 

Tenía Zdislava unos veinte años, es decir, era el año 1240 más o menos, cuando sus padres le anunciaron que le habían buscado como esposo a un joven caballero digno de ella. El elegido era Galo de Lemberk. Se trataba, igual que su padre, de un caballero de la corte de Wenceslao I, un caballero fidelísimo al monarca y a quien éste honraba con su confianza. Era señor de una tierra en la Bohemia oriental. La joven, educada en la obediencia a los pa­dres, dio su consentimiento al matrimonio, y, celebrado éste, marchó al castillo de Jablonné, que era como la capital de los es­tados de su esposo, donde se dispuso a ser una esposa ejemplar por el cumplimiento escrupuloso de todos sus deberes.

 

El matrimonio vivió en unidad de sentimientos, tanto en lo que se refiere a las relaciones personales de amor mutuo como a las obras de caridad y religión. Galo disfrutaba de una envidia­ble posición social, toda vez que se contaba con él para todos los asuntos públicos del reino. Era consultado y escuchado y sus opiniones tenían un peso específico. Se ha dicho de él que era duro de carácter y altanero, pero su esposa supo dulcificar estas cualidades. Zdislava tuvo cuatro hijos, a cuya educación cristiana se dedicó con plena responsabilidad de madre. Uno de sus hijos, Galo, murió joven, y solamente conservamos el nom­bre de una de sus hijas, llamada Margarita.

 

Zdislava se dispuso a recorrer con paso firme la senda de la perfección cristiana, y lo hizo en la órbita de la espiritualidad de la Orden dominicana, y así, con este hábito, la representa su más antigua iconografía. Esta espiritualidad la llevaba a una vida de intensa oración, siendo asidua a las celebraciones litúrgicas y a las largas horas de plegaria personal.

 

Pero lo que más llamó la atención de sus contemporáneos fue la caridad inmensa de la joven señora con todos los desgra­ciados. Estos aprendieron muy pronto el camino del castillo, pues en él hallaban no una limosna o un socorro anónimo sino a la propia Zdislava dispuesta siempre a atenderles y socorrer­les. Ya podían ser pobres mendigos, o enfermos que arrastra­ban sus miserias o incluso leprosos, tenían la mejor acogida en el corazón de Zdislava. Ella les daba de comer, les curaba per­sonalmente las llagas, sin que la lepra la echara atrás en la pres­tación de sus servicios. No faltó quien le dijera lo peligroso que era para su propia salud el tratar tan de cerca enfermos conta­giosos. La advertencia no sirvió de mucho, pues la caridad de Zdislava le hacía olvidarse de sí misma para solamente pensar en el socorro de los desgraciados.

 

Y no se limitaba a socorrer a quienes acudían a su castillo. También iba a las casas de los que no podían acudir a ella y de­jaba por los más necesitados hogares la estela de su confortado­ra presencia y de su generosa caridad.

 

El pueblo no podía ver con indiferencia esta conducta evan­gélica de Zdislava. Su nombre era bendecido en todas partes y comenzó a correr el rumor de que Dios hacía milagros por las manos de Zdislava.

 

Aunque la crítica moderna ha tenido que cribar las leyendas surgidas en torno a su figura en los siglos posteriores, parece que puede afirmarse con seguridad que varios hechos portento­sos atribuidos a Zdislava tienen buenos testigos a su favor. Así la resurrección de nada menos que de cinco muertos, lo que producía una admiración sin límites hacia la santa señora, y asi­mismo la curación de varios ciegos, cojos y leprosos, que reci­bían de las manos de Zdislava no solamente el obsequio de sus ayudas materiales sino incluso la plena salud. Estos ciegos, co­jos y leprosos curados por ella eran sus predicadores en medio del pueblo, y quienes los habían conocido cargando con sus en­fermedades no podían ahora, aunque hubieran querido, desmentirlos. Y otros muchos enfermos afirmaban haberse alivia­do o curado por la oración y las manos de Zdislava.

 

Ni se limitaba al alivio de la pobreza o de la necesidad. De­fensora de la justicia, intercedía eficazmente por los oprimidos por cualquier injusticia que acudían a ella en busca de protec­ción, y hacía valer su alta posición social para sacarlos de la opresión que sufrían. Bajaba a las cárceles a llevar a los presos un mensaje de consuelo, preocupándose por el estado de las causas que se seguían contra ellos y proporcionándoles alimen­tos y medicinas.

 

Atendía también solícitamente a los peregrinos que pasaban por su ciudad, bien camino de Oriente a fin de visitar la Tierra Santa, bien camino de Occidente para venerar los sepulcros apostólicos de Roma o Compostela. Zdislava los atendía con amor y les prestaba el socorro oportuno que su caridad le dicta­ba. Creó un hospicio para peregrinos, donde éstos podían gra­tuitamente acogerse, y al que ella misma acudía muchas veces sirviéndoles la comida con humildad admirable.

 

Acogía también con amor a cuantos llegaban a su ciudad huyendo de las tierras por las que las incursiones de los mongo­les sembraban el pánico y la muerte. En resumen, habría que decir que no hubo obra de misericordia que no practicase con celo religioso y entrega generosa.

 

Para entonces la Orden de Predicadores era aún joven, pues Santo Domingo de Guzmán había muerto en 1221, pero ya en vida del fundador la Orden se había esparcido por Europa. Ya hemos dicho cómo Zdislava seguía esta espiritualidad. Y ello se comprobó más cuando junto con su esposo procedió a la fun­dación de dos conventos de dominicos, uno en Jablonné y otro en Turnov. La joven dama pretendía con estos nuevos centros religiosos algo que llevaba muy dentro de sus preocupaciones: la evangelización y formación cristiana del pueblo sencillo, a quien se dirigía la predicación de los dominicos, una predica­ción adornada del celo apostólico más sincero y que tenía como objeto el mensaje integral del evangelio. Ambos conventos res­pondieron a los deseos de Zdislava, cuyo esposo proporcionó los recursos necesarios para ambas instituciones pues compar­tía los ideales religiosos de su santa esposa. Se contó con la pre- senda de San Ceslao para este establecimiento de los dominicos y se dice que fue él quien dio a Zdislava el ingreso en la Orden Tercera.

 

Llevaba solamente doce años de casada cuando el Señor la llamó a su seno. El año 1252 en su comienzo fue para ella el día del encuentro definitivo con Dios. En su muerte la atendieron espiritualmente los religiosos dominicos. Llorada no solamente por sus familiares sino por todo el pueblo, singularmente por los pobres y por su esposo e hijos que tan tiernamente la ama­ban, se dispuso que fuera la iglesia dominicana de Jablonné el lugar de su sepultura. Y su tumba se convirtió enseguida en ob­jeto de las plegarias confiadas del pueblo, que empezó a decir que hallaba en su tumba las mismas ayudas en las necesidades que en su persona había hallado en vida. Comenzó a ser llama­da bienaventurada y santa, su figura comenzó a ser pintada, y las lámparas votivas y los exvotos comenzaron a adornar su tumba y hacerse general la opinión del pueblo fiel de que Zdis­lava había sido una verdadera santa.

 

En este clima de culto popular, antes de los decretos de Urbano VIII, ya en 1602 fue considerada oficialmente como uno de los santos patronos del país.

 

Por fin, a finales del siglo XIX, se abrió un proceso canónico dirigido a la confirmación del culto inmemorial que se le tribu­taba, confirmación que otorgó finalmente el papa San Pío X el 28 de agosto del año 1907.

Pero esta confirmación no colmaba las aspiraciones de los muchos devotos de Zdislava, que querían ver reconocidas sus virtudes heroicas y colocado su nombre en el catálogo de los santos. Y este deseo se hizo más perentorio luego de que el papa Pablo VI dirigiera en 1971 una carta al episcopado del país en la que elogiaba grandemente la figura de Zdislava, como ejemplo de vida familiar y de fidelidad conyugal, consagrada a la fe y al evangelio, benéfica para los ciudadanos y, sobre todo, los pobres de su país, muy amada de Dios, a cuyo solo servicio había dedicado su vida.

 

A petición de los obispos de Bohemia y Moravia y de la Orden de Predicadores se abrió el proceso que estudió sus vir­tudes, las cuales fueron declaradas heroicas el 2 de julio de 1994. Un año más tarde, el 6 de abril el papa aprobaba el mila­gro obrado por su intercesión y podía proceder a canonizarla.

 

Una mujer seglar, casada y con hijos, en medio del mundo, en mitad de la clase dirigente del siglo XIII en el corazón de Eu­ropa, y que vivió con radicalidad el evangelio de Jesucristo.



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