Pastoral del Canto Liturgico

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BEATO SEGISMUNDO GORAZDOWSKI

Presbítero (f 1920)

BEATO SEGISMUNDO GORAZDOWSKISegismundo Gorazdowski nació en Sanok (Polonia) el 1 de noviembre de 1845. Su familia había poseído muchas tierras, pero se vieron en la pobreza. Los primeros meses de su vida los pasó en casa de su abuela materna Lazowska, salvándose mila­grosamente de la muerte durante la invasión enemiga que sufrió Polonia en aquel año. Desde pequeño sufrió la tuberculosis, que por entonces era incurable. Terminó sus estudios primarios y secundarios en Przemysl donde entonces vivía su familia y donde su padre regentaba una imprenta y una tienda. De él aprendió los principios patrióticos y sociales, y le despertó des­de niño una aguda sensibilidad para el dolor de los pobres y desamparados.

 

En 1863 se fugó de la escuela secundaria para participar en la Insurrección Nacional de Enero contra los rusos que habían invadido Polonia. Tras la derrota volvió al hogar paterno a ter­minar sus estudios de bachillerato. Comenzó la carrera de dere­cho en la universidad del Rey Jan Kazimierz de Lvov (Rusia) con la idea de hacerse abogado. Interrumpió sus estudios e in­gresó en el seminario de Lvov en 1866. Después de acabar la teología, la enfermedad de los pulmones se agravó, por lo que estuvo en peligro de perder la vida. Estuvo en tratamiento in­tensivo durante dos años, lo que le retrasó la ordenación sacer­dotal. Por fin fue ordenado sacerdote el 27 de julio de 1871 en la catedral de Lvov, desarrollando con entusiasmo sus primeras labores pastorales como vicario y catequista. Los primeros seis años desempeñó su ministerio en Tartakow, Wojnilow, Bukaczowka, Grodek Jagiellonski y Zydaczow. El papa Juan Pablo II en su beatificación en Lvov el 26 de junio del 2001, declaró ser el padre Gorazdowski una «auténtica perla del clero latino». Y para demostrarlo empezó haciéndose eco de su celo por los po­bres desde el comienzo de su ministerio:

 

«Su extraordinaria caridad lo llevó a dedicarse sin cesar a los pobres, a pesar de sus precarias condiciones de salud. La figura del joven sacerdote, que, olvidándose del grave peligro de contagio, visitaba a los enfermos de Wojnilow y amortajaba los cuerpos de los muer­tos de cólera, quedó grabada en la memoria de sus contemporá­neos como testimonio vivo del amor misericordioso del Salvador».

 

En esta época ya despertaba tanto entusiasmo su ardiente caridad que no sólo era apreciado de los católicos, sino que in­cluso los mismos judíos besaban sus ropas repitiendo con con­vicción «es un hombre santo». Se ganaba a todo el mundo por su naturalidad y sensibilidad para las necesidades del prójimo.

 

Consciente de la falta de formación cristiana de los niños, preparó para ellos el Catecismo para las escuelas rurales, que fue re­comendado en la diócesis de Przemysl como el manual más in­dicado para la enseñanza de la religión y uno de los mejores de su tiempo, teniendo ocho ediciones. Para los jóvenes escribió el Vademecum de principios morales, y para los padres y educado­res los Principios y normas de educación. Apoyó la fundación de es­cuelas, convencido de que el progreso cultural lleva consigo el progreso moral. También se ocupó de que los alumnos pobres del Seminario de Profesores tuviesen un internado. Para ayudar a los sacerdotes en su ministerio fundó la Asociación «Bonus Pastor».

 

En 1877 fue trasladado a Lvov. Sus iniciativas no se limita­ron a la enseñanza, sino que, en calidad de párroco de San Ni­colás, donde trabajó cerca de 40 años, promovió numerosas obras de caridad. Actividad caritativa que maravilla porque no dejó campo por atender en las necesidades de su entorno. Tal era su ardor sacerdotal y caritativo, especialmente por los más necesitados, para los que no cesaba de buscar la solución de to­dos sus problemas. Para los sin techo y vagabundos organizó la Casa del trabajo; para los enfermos incurables, los minusválidos y los ancianos que no tenían un rincón para morir en paz cons­truyó la Casa de San José; para los niños abandonados abrió el Asilo del Niño Jesús, donde por primera vez en el país encon­traban un hogar. Pero no contentándose con esto fundó tam­bién una Sociedad de cuidado de los niños recién nacidos que se ocupaba de las madres pobres que salían con sus niños de la maternidad de Lvov. En el Asilo del Niño Jesús las mujeres con niños pequeños a su cargo encontraban gratuitamente cobijo, alimentación, ayuda espiritual y a la vez ayuda en su reinserción social. Estos niños cuando cumplían un año de vida eran envia­dos, a cargo del Asilo, a las familias sustitutivas en zonas rurales. Se quedaban allí hasta que cumplían seis años y, cuando eso era posible, para siempre. En caso contrario se les enviaba a cen­tros de educación. Este sistema podía funcionar solamente gra­cias al padre Gorazdowski, quien no paraba de buscar benefac­tores consiguiendo los medios de manutención imprescindibles. Impulsó la obra Amigos de San Vicente de Paúl, fundó la So­ciedad de la Beata Salomé para la protección de las viudas po­bres, y para las muchachas que se dedicaban al trabajo de coser organizó la Sociedad de mujeres trabajadoras.

 

Con el fin de ayudar a las personas que colaboraban con él en todas estas actividades caritativas, llamó a algunas terciarias franciscanas de Ternopol (Ucrania), confiándolas en 1882 la di­rección de la Casa del trabajo y después también la Cocina po­pular. Las terciarias, popularmente conocidas como Pequeñas hermanas de los pobres, se pusieron bajo la guía de la madre María Morawska de la Cruz, superiora de las Franciscanas del Santísimo Sacramento de Lvov, con el fin de que recibieran una formación religiosa conforme a las normas canónicas. El 7 de febrero de 1884 tuvo lugar la primera vestición religiosa, que señala la fecha de fundación de la Congregación de las Herma­nas de San José. El P. Gorazdowski se valió para su fundación y consolidación de Salomé Danek, considerada cofundadora. Infundió su espíritu en la Congregación enseñándolas a «fundar la actividad apostólica en tina intensa vida de oración», como les recordaba Juan Pablo II en su beatificación.

 

A la muerte del fundador, 1 de enero de 1920, la Congrega­ción, que sigue la regla de la Tercera Orden de San Francisco, dirigía 16 centros asistenciales. En 1922 se agregó a la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos. Hoy día está extendida por ocho países, siendo 50 sus casas y 425 las hermanas que la componen (1986). Siguiendo la línea del carisma del fundador, dirige diversos centros educativos y catequísticos, además de prestar múltiples servicios a los enfermos.

 

Desarrollando la actividad caritativa el padre Gorazdowski también intentaba ordenar e imprimir carácter coordinado a su obra. Por su iniciativa fue creada en Lvov la Unión de Socieda­des Católicas de Caridad, de la que fue vicepresidente. A medi­da del crecimiento de su Congregación, el padre Gorazdowski fundaba asimismo filiales en distintas ciudades de Galicia (pro­vincia polaca), tales como Socal, Krosno, Kalisz, Czortkowo, Dolina, y Tarnow.

 

Como párroco de la parroquia de San Nicolás en Lvov tam­bién desarrollaba actividad caritativa por su cuenta. Su parro­quia estovo siempre abierta para los pobres de Lvov. Los men­digos de toda la ciudad llegaban allí porque sabían que «el cura de los pobres» no les echaría a pesar de que él mismo vivía con suma austeridad. Comía lo imprescindible. Solamente durante el desayuno en el día de su santo se permitía «el lujo» de tomar panecillos y café. Llevaba ropa interior, sotana y abrigo viejos y deteriorados. Las Hermanas de San José intentaban cuidar a su fundador, pero pronto repartía entre los pobres la ropa nueva que recibía de las Hermanas. El secreto de que nunca le faltara nada residía para él en la paradoja que conocen bien aquellos que han ejercido la caridad heroica con los pobres: «Cuando me falta dinero —dijo a un periodista— doy limosnas más genero­sas a los pobres».

 

Pero es bien sabido que tal abandono en la Providencia no es posible sin una intensa vida espiritual. Más directamente podía percibirse ese aprecio de la gracia divina cuando se acudía al pa­dre Gorazdowski a cualquier hora del día o de la noche y siempre se le hallaba dispuesto a confesar a un penitente. Y lo que es más admirable, iba en busca de los pecadores más empedernidos ani­mándoles a recibir el sacramento de la reconciliación.

 

Obra suya fue la moderna escuela polaco-alemana de San José, para la que consiguió la colaboración imprescindible de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

 

Y como no había campo apostólico que no fuera roturado por su celo misionero, también se embarcó en un ambicioso proyecto editorial para publicar un periódico llamado Diario. Pretendía con ello dar alas a la predicación del Evangelio, pues según él «la religión y la moralidad católica no las salvarán sola­mente las homilías en las iglesias». Pero su socio le engañó y tuvo que retirarse de este empeño.

 

Para que sus trabajos fueran aquilatados con el sufrimiento, sus ojos se resintieron de tal manera, que estaba a punto de per­der la vista si no se cuidaba. Dejó, pues, su parroquia y los car­gos que desempeñaba y poco antes de la Primera Guerra Mun­dial se retiró a una de las casas de las Religiosas de San José. Con su vigilancia sobre las obras por él fundadas se pudieron evitar muchos peligros en aquella época tan difícil.

 

El 1 de enero de 1920 moría en la estima popular de su san­tidad y ha permanecido en el recuerdo de sucesivas generacio­nes como el «Padre de los pobres y sacerdote de los sin techo».



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