Pastoral del Canto Liturgico

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AUTOR :
COMPOSITOR :
BEATO BIENVENIDO DE DOS HERMANAS (JOSÉ DE MIGUEL ARAHAL)
Religioso y mártir (f 1936)
 
BEATO BIENVENIDO DE DOS HERMANAS (JOSE DE MIGUEL ARAHAL)
El presente grupo: Bienvenido de Dos Hermanas, Valentín de Torrente, Laureano de Burriana, Gabriel de Benifayó, Florentín Pérez, Urbano Gil, Bernardino de Andújar, Ambrosio de Torrente, Recaredo de Torrente, Modesto de Torrente, Francisco de Torrente, Benito de Burriana, José Llosa, Domingo de Alborada, León de Alacuás, Francisco Tomás Serer, Crescendo García Pobo, Timoteo Valero, constituye el mayor grupo de mártires de la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores. Congregación fundada en 1889 por el venerable Luis Amigó en Masamagrell, Valencia, para la enseñanza y moralización de los jóvenes acogidos en las escuelas de reforma y correccionales.
 
En 1936 la congregación, y a pesar de estar ya entonces extendida por toda España, Colombia, Italia y Argentina, todavía pagó el tributo de sangre del 18 por 100 de sus miembros, dieciocho de los cuales constituyen el presente grupo martirial. No hacemos mención del martirio de Carmen García Moyon ni de Vicente Cabanes Badenas, ya que gozan de una biografía extensa en esta misma colección (cf. 30 de enero y 30 de agosto, respectivamente).
 
En los años de la persecución religiosa el presente grupo martirial formaba parte de cuatro fraternidades amigonianas, dos de ellas en las inmediaciones de la ciudad de Valencia y las otras dos de Madrid capital. Pasamos a relatar la persecución, pasión y muerte de cada uno de los grupos martiriales, para concluir con una breve biografía del más ilustre de todos ellos, el beato Bienvenido María de Dos Hermanas.
 
El primer grupo de mártires lo integran seis religiosos de la casa-noviciado de San José de Godella, Valencia. A cinco escasos kilómetros de la Ciudad del Turia, en los días de la persecución religiosa la casa cobijaba seminaristas, novicios, juniores, jóvenes religiosos y una numerosa fraternidad. Las actas martiriales recogen el siguiente relato realizado por un novicio, miembro entonces de la comunidad:
 
«La casa-noviciado de San José fue invadida el 22 de julio de 1936. Dio la orden de asalto, el que mandaba, a primeras horas de la mañana del día 22. A la salida de la misa de comunidad nos reunieron a todos los religiosos. Desde el principio quisieron fusilar a los religiosos sin miramiento alguno. En consecuencia, pronto nos pusieron de cara a la pared. Esperábamos la orden de disparo contra nosotros. Teníamos la vista nublada ante la inminente muerte. El que mandaba decía que no dejaran enfriar los cadáveres y los enterrasen todavía calientes.
El padre Francisco de Ayelo, que era el maestro de novicios, nos dijo:
—Hagan el acto de contrición.
Y nos dio la absolución.
Un día, el tercero, nos encerraron en el coro de la iglesia y bajo él iban almacenando colchones. Corrió la voz de que iban a quemar la iglesia. El padre Florentín, que lo supo, no pudo dominarse y, excitado tremendamente, gritaba:
—¡Nos van a quemar vivos!
Hubo que calmarlo como se pudo. Después se supo que los colchones almacenados eran para dormir los milicianos.
Los padres Francisco María de Ayelo de Malferit, Antonio María de Masamagrell y Florentín Pérez, con algún novicio, fueron llevados y bajados al patio central para simular su fusilamiento. Formado el pelotón de milicianos, y con las armas dispuestas a disparar, aparecieron los padres, quienes mutuamente se dieron la absolución y prepararon para el martirio.
También en alguna ocasión dispararon varias cargas cerradas con el fin de intimidar a los que habían quedado recluidos en celdas, después de haber bajado al patio a varios religiosos».
 
Luego de varios días de zozobra los religiosos, finalmente, pudieron abandonar la casa-noviciado y refugiarse en casas de sus familiares y amigos en Godella y pueblos circunvecinos. En los lugares de refugio fueron posteriormente apresados por los milicianos y conducidos a la muerte. Seis miembros de la casa-noviciado sufrieron el martirio. Son los beatos Valentín de Torrente, Laureano de Burriana, Gabriel de Benifayó, Florentín Pérez, Urbano Gil y Bernardino de Andújar.
 
Torrente es un pueblo de la huerta sur de Valencia, de cuya capital dista siete kilómetros, y de cuya fraternidad amigoniana de Nuestra Señora de Monte-Sión tres hermanos sufrirían el martirio. Constituyen el segundo grupo de mártires.
 
A primeras horas del domingo, día 20 de julio, los milicianos ocupan los patios interiores del convento de Nuestra Señora de Monte-Sión, de Torrente (Valencia). Poco después toda la fraternidad es conducida a las dependencias del Ayuntamiento del pueblo. Luego de tomar la filiación a cada uno de los religiosos se les deja libres. Los religiosos del pueblo se refugian en sus casas paternas, y los demás en casas de amigos y conocidos, no sin antes declarar su lugar de refugio. A continuación los milicianos incendian el convento de Monte-Sión, que destruyen hasta casi sus cimientos.
 
En días sucesivos el comité, con el pretexto de interrogar a los religiosos, les va deteniendo en sus refugios y les confina en la prisión llamada La Torre, es decir, en la única cárcel del pueblo. Disponía ésta de diversas celdas, una de las cuales fue ocupada exclusivamente por religiosos y sacerdotes. E n la cárcel los religiosos amigonianos llevan prácticamente vida de comunidad. Un testigo ocular de los hechos asegura que
 
«Los religiosos, durante el tiempo que estuvieron presos, se comportaron como cuando estaban en el convento, realizando los actos de piedad. El día 15 de septiembre, festividad de los Dolores de la Santísima Virgen, cantaron los Dolores; y el 17, las Llagas de San Francisco».
 
Esa misma noche se desencadenó una tormenta impresionante, por lo que se comentaba en el pueblo que con un tiempo tan infernal no les conducirían al martirio. Pero no fue así. Les sacaron de la cárcel y les condujeron camino de Montserrat, la vía sacra de tantos otros mártires. Durante el trayecto el padre Ambrosio continuaba animando a los religiosos al martirio. Iban atados. Llegados al lugar del sacrificio, la Font de la Mantellina, el padre Ambrosio pide que lo desaten.
 
—«¿Para qué?, le pregunta uno de los verdugos».
—«Para bendeciros y perdonaros, contesta el padre». Y con las manos atadas imparte la bendición y perdona a los asesinos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Actitud tanto más de admirar, dice un testigo, por el carácter tímido que tenía el padre Ambrosio.
 
En el mismo momento fueron martirizados ocho sacerdotes y religiosos, tres de los cuales pertenecían a la fraternidad amigoniana del convento de Nuestra Señora de Monte-Sión, de Torrente. Son ellos los beatos Ambrosio, Recaredo y Modesto, los tres de Torrente.
 
El tercer grupo lo forman los religiosos de la fraternidad del colegio-fundación Caldeiro, en el Madrid moderno. El domingo siguiente al alzamiento militar, 19 de julio de 1936, aún se atiende al cumplimiento dominical de los fieles en la capilla semipública del colegio. Celébranse las misas de siete y nueve de la mañana.
 
El lunes, día 20 de julio, todavía se guarda en el colegio la ordinaria distribución de clases hasta las once y media de la mañana en que un sacerdote de la fraternidad, que venía de la calle, avisa que estaban ardiendo varios templos y casas religiosas de los alrededores del colegio-fundación Caldeiro. Poco después, unos cincuenta milicianos armados rodean el colegio y disparan a las ventanas abiertas. Como pueden, religiosos, profesores y alumnos abandonan el centro.
 
El martes 21, a las cuatro treinta de la tarde el colegio-fundación queda ocupado por elementos del Círculo Socialista del Sur, que luego se convertiría en la cheka de las Milicias Socialistas del Este.
 
Fray Francisco María de Torrente, fray Benito María de Burriana y fray José Llosa Balaguer hallan piadosa acogida en casas de los bienhechores del colegio hasta que, finalmente los tres, luego de incontables peripecias, consiguen trasladarse a Valencia, su patria natal. Los dos primeros hallan refugio en Torrente. Fray Francisco, en su casa natal y Fray Benito, en casa de unos bienhechores, donde se prepara al martirio. Ambos comparten prisión hasta el atardecer del 15 de septiembre en que fray Benito es sacado para el martirio; y dos días después, también fray Francisco con el grupo de Torrente a que más arriba hemos hecho referencia.
 
Fray José Llosa, apresado en Valencia, es trasladado primeramente al Comité de Salud Pública y, luego, internado en la cárcel modelo de la ciudad. Con el capuchino Luis de Orihuela, también preso, un día tiene el siguiente diálogo:
 
—«¡Ay, don Luis! [...] ¡Me van a fusilar mañana!
—No sucederá así, ya lo verá.
—Sé cierto, certísimo, que mañana me fusilarán.
—Pero, hombre, ¿es que has tenido una revelación? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo se ha enterado de que lo van a fusilar mañana?
—Mire, don Luis, el comité de mi pueblo persigue a muerte a todos los sacerdotes y religiosos del mismo. No sé cómo se han enterado de que yo me hallaba aquí preso. Han venido a cerciorarse de si era verdad y, al verme aquí, han quedado en ir a comunicarlo al comité y volver mañana por mí...
No perdamos tiempo, don Luis, y confiéseme otra vez...».
 
El capuchino le confiesa nuevamente. Y fray José Llosa acepta el martirio, perdona a todos y promete acudir al auxilio de la Santísima Virgen en sus últimos momentos de vida.
 
Efectivamente, al día siguiente fray José Llosa es llevado a su pueblo natal donde es martirizado. En su ejecución los milicianos intentan copiar el modelo de muerte del mártir del Calvario. Los tres religiosos —fray Francisco de Torrente, fray Benito de Burriana y fray José Llosa— eran originarios de la Comunidad Valenciana, y en ella sufrieron el martirio.
 
El último grupo de mártires amigonianos proviene de la Escuela de reforma de Santa Rita, Madrid, que, una vez desalojada de la fraternidad religiosa, fue convertida en cheka del Comité del Frente Popular. Un religioso de la fraternidad, que en la persecución religiosa consigue salvar la vida, relata los hechos. Así lo recogen las actas martiriales:
 
«El día 20 de julio, a las 8'15 de la mañana, fuimos sorprendidos por un feroz tiroteo contra el colegio [...] Los milicianos, fusil al rostro, nos fueron buscando por toda la casa y, siempre apuntándonos, nos obligaron a todos a reunimos en la dirección [...] Vale la pena notar aquí que aún llevábamos todos los hábitos puestos y ostentábamos nuestras venerables barbas [...] Y, cuando estuvimos todos (la comunidad se entiende) nos encerraron y dejaron un nutrido piquete de vigilancia a la puerta por la parte de fuera...
—¿Sabéis lo que vamos a hacer con éstos?, sugirió sesudamente uno de ellos. Como aquí abajo hay un recibidor le prendemos fuego y, como este piso es de madera en menos de ná los achicharramos a tos. Cuidau que no se tiren por las ventanas. ¡Ale!
—¡Eso, eso! [...] y salieron.
Teníamos razones de sobra para estar seguros de que lo harían. Entonces se nos ocurrió algo que hasta entonces, quizás por la agitación, el barullo, la presteza con que ocurrió todo, no habíamos pensado. Cierto que tampoco habíamos llegado a un trance como éste. Hicimos un acto de contrición colectivo y nos dimos mutuamente la absolución. Siguió un silencio profundo. Y quiero subrayar lo siguiente: Estábamos todos serenos y tranquilos. Ni un solo gemido o suspiro. Ni un solo gesto de intentar huir. Pasaba el tiempo. No está en los designios del Señor que le hiciéramos este cruento holocausto».
 
Los beatos Bienvenido de Dos Hermanas, Domingo de Alboraya, León de Alacuás, Francisco Tomás Serer, Crescendo García Pobo y Timoteo Valero fueron recogidos por Madrid e inmediatamente martirizados, algunos con inauditos tormentos, tan sólo por ser religiosos.
 
Tal vez la vida más bella sea la del nazareno padre BIENVENIDO MARÍA DE DOS HERMANAS (JOSÉ DE MIGUEL ARAHAL), al que muy bien se le puede considerar como abanderado o titular de este grupo.
 
En Dos Hermanas, Sevilla, nace José de Miguel Arahal el 17 de junio de 1887. A los doce años se va con los terciarios capuchinos que rigen la Escuela de reforma de San Hermenegildo en su pueblo natal. Al ser presentado al padre Luis Amigó en el convento de Nuestra Señora de Monte-Sión de Torrente para su ingreso en religión, éste le dice: «¡Bienvenido seas, hijo mío!». Y Bienvenido de Dos Hermanas será su nombre de religión en lo sucesivo.
 
En la congregación de terciarios capuchinos desempeña los cargos de superior, maestro de novicios, consejero, vicario general y, finalmente, general de la congregación de 1927 a 1932. Durante su generalato impulsa la promoción vocacional, apoya la capacitación científica de los religiosos y propicia la apertura de la obra a Hispanoamérica. Es el San Buenaventura de los terciarios capuchinos.
 
Religioso de una sola pieza y de gran capacidad intelectual, inculca las devociones que personalmente practica, especialmente a Jesús Sacramentado, a la Virgen de los Dolores, al Sagrado Corazón y al seráfico padre San Francisco.
 
Cuando el 20 de julio de 1936 es asaltada la Escuela de reforma de Santa Rita, el padre Bienvenido sigue con su hábito y es el último en abandonarla. El 31 de julio, y acompañado a la fuerza por dos milicianos, es conducido al Banco de Vizcaya k primero, y al de España después, a sacar los fondos de la Escuela. Acto seguido, es entregado al Comité de Juventudes Libertarias del Puente de Toledo, quienes le conducen violentamente a; la Pradera de San Isidro, donde es bárbaramente asesinado.
 
La semblanza del padre Bienvenido nos le presenta como un religioso de espirita recto y fuerte, exigente consigo mismo y con los demás; adornado de grandes dotes de gobierno, sumamente tenaz en sus propósitos apostólicos, muy amante de la congregación y de su obra apostólica de reeducación de menores, y de una profunda espiritualidad.
 
Éste es el grupo de los 18 terciarios capuchinos mártires, dedicados exclusivamente a la reforma de la juventud extraviada, a que les destinara su buen padre fundador y en cuyo desempeño pacífico de su ministerio apostólico sufren la persecución religiosa y el martirio. Son sacrificados únicamente por ser religiosos, pues sus perseguidores, entre las tesis de su programa, tenían muy clara la demolición de la Iglesia.
 
Todos fueron beatificados el 11 de marzo de 2001 por el papa Juan Pablo II en la ceremonia conjunta de los 233 mártires, de la persecución religiosa en Valencia de los años 1936-1939.
 


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