Los días de precepto

 
La celebración dominical del día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. “El domingo, en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC can. 1246, §1).
 
Igualmente deben observarse los siguientes, llamados "días de precepto": (CIC can. 1246, §1).
(Las fechas indicadas están confirmadas de acuerdo al Calendario de la Conferencia Episcopal Peruana)
 
- La Natividad del Señor.
     (25 de diciembre)
- La Epifanía del Señor.
     (Domingo que cae entre los dias 2 al 8 de enero)
- La Ascensión.
     (Domingo VII de Pascua)
- Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
     (Domingo después de la Santísima Trinidad)
- Santa María Madre de Dios.
     (1 de enero)
- Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María.
     (8 de diciembre)
- La Asunción de la Virgen María.
     (15 de agosto)
- San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María.
     (19 de marzo)
- San Pedro y San Pablo, apóstoles.
     (29 de junio)
- Todos los Santos.
     (1 de noviembre)
 
 
El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la misa” (CIC can. 1247). “Cumple el precepto de participar en la misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde” (CIC can. 1248, §1).
 
La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.”
 
La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.
 
 
 
Para mayor detalle ver Catecismo de la Iglesia Catolica 2168-2195
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